martes, 27 de diciembre de 2011

Michel Houellebecq: El mapa y el territorio (2010)

Una reconciliación. Y la breve envidia que imagino en quien escribe una novela como esta: tienen que ser divertido, pero no divertido como el ocio del turista o la charla con amigos, más como el ocio secreto de la montaña rusa, ese estar quieto y ver adentro todo lo que va pasando. 
Últimamente no anoto tras mis lecturas, y eso hace que se borre la impresión primera, las ideas centrales que pienso en anotar y se diluyen. Después de Bouvard y Pécuchet y de las cartas de Maupassant a Flaubert, tardé unos días en decidir por dónde seguir, hay lecturas intensas que requieren de tiempo, de asimilación silenciosa. 

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Gustave Flaubert: Salambó (1862)

El caos de los géneros. O es tal vez esa nostalgia del orden que me hace pensar que cómo hubiera percibido a Flaubert si lo hubiera abordado en orden de escritura: un mapa diferente en el que la impresión de una ciudad está encadenada a la impresión de la anterior ciudad y luego la otra. Empecé por La educación sentimental (1869), creo que fue así, y luego pasé a Madame Bovary (1857) y paré en el cuento de  La leyenda de San Julian el hospitalario (1877). Ahora he vuelto a desordenarlo todo, cosa que seguro no hará que el mundo termine pero que a mí me desorienta: he vuelto a Flaubert por su Bouvard y Pécuchet (1880) y luego he saltado a Salambó (1862). Qué aprende una persona en dieciocho años. 
Así Salambó me ha gustado y me ha defraudado por llegar después de la novela última del autor. Por abreviar me parece que en este tiempo ha aprendido que el realismo no significa nada, que a la realidad se aproxima uno tórpetente, pero a veces de una forma más eficaz obviando ciertos hechos y resaltando otros, a veces más a través del humor —la forma menos seria de metáfora pero generalmente la más efectiva—, y que a veces se viaja mejor sin moverse de casa.
En fin, el libro me ha gustado y me ha resultado tedioso, aunque puede que sea porque yo vivo en la era de la televisión y las lentas descripciones de lo ya visto en caducas primeras películas a color con sus ostentosos decorados. Imagino imposiblemente cómo percibe el libro un lector de 1862 y como es lógico ese detalle adquiere otro valor. Pero claro.
Más, me ha tocado de manera directa, en pocos párrafos en que Salambó vuelve a encarnar a Élisa Schlésinger. Claro que Bovary y Salambó son pertenecen al Romanticismo tardío...
Y, sin embargo, media entre nosotros una distancia tan grande como las olas invisibles de un océano sin límites. ¡Cuán lejana e inaccesible es para mí! El esplendor de su belleza la rodea de un halo de luz; y a veces creo que no la he visto jamás…, que no existe…, que todo esto es un sueño.
Y tal vez el tiempo y la lectura me está haciendo más ignorante y miro al autor como a la obra desde este lado de la ficción. Me digo: «Isidro, eso es amarillismo», pero no puedo dejar de pensar que Flaubert como a Unamuno le gustaba pensar, es un personaje de ficción como lo fue Cervantes, y que su novela principal, igual que su correspondencia, es su vida.
Tira de mí con más fuerza la imagen poderosa del muchacho de quince años que ve por primera vez a Élisa Schlésinger en la cubierta de un barco y pasa la vida intentando recrearla, hacerla suya de la más viva y la más triste de las manera. No hablaba aquí de Kuchuck-Hanem. Eso es, eso convierte a una persona en literatura, la obsesión que recorre toda una obra es la que hace que lo sea.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Gustave Flaubert: Bouvard y Pécuchet (1880)

No sé por donde empezar a hablar de este libro que no termina. Cuando llego a la línea que dice «Aquí se interrumpe el manuscrito de Gustave Flaubert», paso varias horas buscando en internet, pero no porque necesite saber, solo porque necesito seguir dentro del mundo de estos tres tres personajes.
Literariamente, por encima del humor, de las aventuras de la nada que producen este par de locos, más acá de la construcción de arquetipos, me ha interesado el uso del tiempo, cómo funciona y se desenrolla dentro de la trama.
El tiempo carece de importancia para todo, de tal forma que percibes su ausencia. Tal vez se trate de que el abandono del realismo por parte de Flaubert es decidido, pero no es solo por eso: su maestría a la hora de narrar consigue anularlo haciéndolo subjetivo. Crea para sus propósitos una narración en la que subyace de manera alegórica la subjetividad del tiempo. No usas elipsis como en La educación sentimental o el la Bovary, nos hace sentir desde dentro de los personajes, mirar desde su óptica. No es el paso de los protagonistas por una educación formada, sino la mirada de los que no le dan importancia a ese tiempo y lo extienden dentro de sí mismos con la actividad: el campo, la jardinería, la medicina, la lectura de la gran filosofía, la botánica. El saber humano. El mundo, el tiempo, se ensancha con el conocimiento: el saber expande nuestro tiempo, entiendo al leer, y creo que eso es lo que nos ha querido enseñar Flaubert.
Luego está el anecdotario. Buscar en la red qué final planeó para sus personajes. Pero eso me da igual. No necesito tener ese apartado final que ojeé una vez en una biblioteca, el plan de Flaubert, pero lo buscaré el lunes, solo porque soy contradictorio, débil.
Díaz San Miguel hablaba en su primera novela de esas novelas no terminadas. Si hubiera leído Bouvard y Pécuchet en vez de hablar de oídas, el capítulo, la idea que torpemente transmite habría adquirido otro peso. Tal vez habría hablado de estos trabajos de amor perdidos, habría hablado de eso que tanto le gusta a él, la importancia del ímpetu frente a la indiferencia de los resultados.
Y de eso trata la novela final de Flaubert: Lo importante es trabajar, como hacen aquí los dos personajes que  en principio solo crean caos hasta que sin darse cuenta se llenan de todo ese caos y empiezan a comprender y comprender se subraya.
A Báez le hubiera divertido encontrar aquí a un Pécuchet que como los personajes de su historia lucha por permanecer marcando el yeso de la chimenea con su nombre antes de dejar París. Pero Báez es un personaje lleno de fuerza, potencia sin acto al que tal vez le hubiera entristecido verse comparado con Pécuchet o Boubard. Pero en realidad ellos son el modelo, el obstinado burro flautista que hay en todo creador: nadie espera a haberlo visto todo, a probarlo todo para probar suerte, la suerte los encontrará en el camino o fracasarán y lo intentarán otra vez. Nos esos otros que como en El Burro y la Flauta de Monterroso se separan «presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.» Son sísifos sin memoria que, en las vacaciones, echarán de menos su piedra. Ese es el escritor verdadero, supongo yo.

   

viernes, 11 de noviembre de 2011

Thomas Bernhard: El origen. Autobiografía I (1975)

Miguel Sáenz habla en el prólogo de «la novela de una educación». Estos cinco libros que he ido comprando mientras terminaba el anterior son una forma de biografía que, como ya pensaba en El sobrino de Wittgenstein, no lo es tal. O no lo sé.
Pienso en la relación vaga que parece haber entre esta y la obra de Navókov. Ambos omiten, saltan, paran raramente en unos hechos vitales. No sé lo que quiero decir. Quiero decir que si yo tuviera que escribir mi vida sería un mal escrito, porque procuraría recobrar todos y cada uno de los recuerdos, cada empaste de mi boca, las mujeres, la amistad, las canciones, todas, la noche en con sus matices, el viaje en que siempre estuve seguro de que íbamos a encontrarnos por azar, los nombres de las calles, mi familia.
En ningún momento Bernhard dice: Johannes Freumbichler. En ningún punto dice: Hedwig Stravianicek. El nombre de la madre solo en un punto, creo que en Un hijo. No hay momentos con los hermanos con los que, pese al paso por los internados con los que arranca en este primer volumen pasó años en la casa común, antes en la infancia, y luego en la enfermedad.
En algún sitio leí una entrevista en la que el autor dice que no hay en sus libros un paisaje descrito, que todos los paisajes son interiores, y esa es tal vez la mejor definición de esta biografía de juventud, los personajes son sombras que solo se hacen nítidos si se han acercado al gran miópe. Tal vez pienso en en su manera de alcanzar la realidad, para él natural como para el ciego lo es, como lo es para el loco o el asceta.
Desde lo que somos Bernhard habla del suicidio. Arranca ahí y luego el internado nacionalsocialista y católico en la segunda parte, los ritos para Hitler que iguales para el mesías, luego la educación musical, todas las otras que se convirtieron el la de la soledad. La guerra pasa por todo ese tiempo, en las alarmas antiaéreas, los refugios y la posguerra que es el miedo al hambre.
Thomas Bernhard habla contra los maestros, contra la religión, contra la inconsciencia sel hombre, contra los ciudadanos y los políticos a los que no perdona el caos y dolor, tanta nada.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Thomas Bernhard: El sobrino de Wittgenstein (1982)


Y esa línea incoherente de la que hablaba viene de El asco de Horacio Castellanos Moya. Ese libro es el que me ha hecho buscar un nombre que sonaba sin saber de qué. Luego me he dejado llevar por el título. Los títulos, su capacidad de atracción, su peso y su capacidad para definir a un autor siempre han permanecido a mi curiosidad. 
¿Qué esperaba de un libro titulado El sobrino de Wittgenstein? En primer lugar un sobrino metafórico, no uno de carne y hueso. Una novela ordenada a lo largo de la filosofía del siglo XX. Por qué el XX, no lo sé, hablo de una idea no racionalizada. Tampoco esperaba una obra biográfica. Como quien elige una película en la puerta de unos cines, por el cartel, por nada, entré aquí.
Para seguir la analogía el inicio de la novela funciona casi como cuando entras algo tarde, en un diálogo tras la música y los títulos y después de alguna imagen que sirve de canónico preámbulo. Arranca y no sabes siquiera que se trata de un fragmento autobiográfico, no lo descubres hasta el final del libro, en la entrega de premios al autor Berhard, un vago trazo como todos los otros. Cuando más al final  de la película, entiendes que estás viendo una biografía real, entiendes que no lo es. es un leve episodio lleno de peso o de nada. No hay vida real, casi no recuerdos: algunas horas con su amigo Paul Wittgenstein, escuchando las sonatas para violín de Beethoven, la elección del traje para el premio, esas cosas.
El peso no está en los hechos, está en las repeticiones que supongo el traductor a traído hasta aquí, ese uso hasta el cansancio de la redundancia. Pensaba todo el tiempo en algunos de los cuentos de Izamid, en su lucha contra la naturaleza que le hace repetir inconscientemente la misma palabra en el mismo párrafo. Pero Izamid sufre al releer, siente que disuena, no hay armonía o una música aquí buscada, comprende cuando relee que es un erro, no un ejercicio de estilo. Cambia palabras y cuando vuelve a leer ha vuelto a repetir otra que antes funcionaba y pesaba en su soledad. Cree que a Onetti o a Flaubert no les costaba tanto alcanzar le mot juste. Pobre Izamid.
Me divierten las historias del sobrino de Wittgenstein, que creaba éxitos o arruinaba óperas en Viena solo por su ahínco en el aplauso o el abucheo, la alta opinión sobre Karajan, que siempre me resultó antipático por su exceso teatral en la dirección: casi en mi ignorancia, yo que no me siento válido para sopesar el resultado musical de sus ejecuciones, me molestaba la sensación de que más que dirigir interpretaba un papel, y que me emocionara ese papel. Aquí, para Bernhard es el director más importante del siglo y para el amigo un charlatán y así siguen.
El diálogo entre Paul y Thomas sirve para opinar: la ciudad y el campo, la pasión y la obsesión y la locura. La locura y la relación que todos guardamos con los locos soportables. Los locos soportables son las personas que viven dentro de sus cerebros más que los otros, porque les cuesta salir de él o porque usan códigos enrarecidos que para ellos es la normalidad pero por los que no podemos alcanzarles.
Paul irá vendiendo sus bienes a lo largo de su vida, los muebles de las mansiones, los de la familia, retratos encargados a Klimt y a otros «bajo la excusa del mecenazgo», «so pretexto» traduce Sáenz. Esos fragmentos y otros en los que me llevan a Sebald hacen peso en la novela, la convierten en lo que es.
Y luego me divierte, y eso significa lo miemo que decir que me entristece, el comentario sobre lo que los familiares de Ludwing Wittgenstein, lo que opinaban de él, en como la familia pocas veces sabe valorar al creador, lo ve como excentricidad. Eso me lleva a tantos papeles guardados por los supervivientes, acaso con cariño hasta que el nieto, el sobrino que ignora quién su tío, vende a peso o recicla. Los papeles desnudos. Eso o los filósofos que no publican su obra, que ordenan sus palabras y no en papel, Sócrates menores pero tal vez alguno mayor sin quién que plasme su pensamiento junto a los que unen en papel y copian en líneas seguidas, con puntos y a parte o en un pensamiento sin pausa como el de los libros de Bernhard.
Un Primer folio. Dejar constancia, de un intento que no sirve de nada, como el que busca el Neue Zürcher Zeitung porque solo existe la búsqueda, no existen los hallazgos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Alfredo Bryce Echenique: Un mundo para Julius (1970)

Una mezcla de corrientes que como algunos platos con demasiados buenos sabores no me ha terminado de gustar. Lo cierto es que a partir de la parte tercera descubrí que aunque saltaras algunas páginas tampoco pasaba nada extremo y justifiqué mis burdos saltos con cierta teoría que leí en Cortazar según la cual el texto del realism de la literatura inglesa puede leerse con esa misma torpeza con la que leemos la realidad: conectamos y desconectamos, entramos en una tienda y hay una conversación empezada que sigue cuando salimos, o hablamos y alguien nos llama por teléfono y volvemos a esa charla en otro punto después de colgar...
No cabe duda de que el libro no es lo que yo esperaba: decimonónico con intentos joyceanos y un intento brillo no logrado de En busca del tiempo perdido: se parece a ésta en el intento de recreación del mundo infantil, de esa memoria, pero falta el brillo de los símiles de Proust.
El arte es algo extraño:no sabemos qué hay que hacer para crear algo NUEVO, pero si sabemos cuando estamos leyendo algo que no lo es, y lo pero es que el escritor no sabe, no creo que sepa, no creo que tenga capacidad, perspectiva para intuir ese brillo.
Tal vez debería haber leído la La vida exagerada de Martín Romaña, que es el libro al que me llevaban los otros cuando cayó este otro en mis manos.
En mitad he leído, para animarme en la lectura tediosa del final de la segunda parte, la Novela de ajedrez. Menos mal, me digo. Pero vuelvo a preguntarme qué hay de diferente entre este Julius y el de muchacho de Proust, entre este libro y los de Salinger o de Onetti, o de... Esa ha sido mi principal inquietud con este libro: ¿por qué no? tengo que ordenar más mis ideas para resolver la ecuación, ecuaciones literarias. 

lunes, 31 de octubre de 2011

Stefan Zweig: Novela de ajedrez (1941)

No es tan delgada la línea que está entre la buena, la verdadera literatura y lo otro. Qué debilidad tengo con estos pequeños libritos, tal vez porque son silenciosos, por lo mismo que dije de la novela de Dai Sijie: no está la búsqueda de la grande elocuencia, sino la búsqueda más silenciosa de la belleza.
Me levanto por la mañana, a cualquier hora, ojeo por la ventana como asegurándome del orden de las cosas: no existe, es una ficción. Ahora leo menos, ordeno con mi memoria el exterior de la ciudad, tal vez un día dejarla atrás y será mejor dejarla en orden. Qué pasará entonces. Volveré a ella.
Los libros, este caos, son un juego desde el principio. Aunque a veces he pensado que debería crear un sistema, escribir las listas en las paredes como un buen psicópata, uno diligente, y luego comprar muchos metros de cordón de hilo rojo, y otro azul, y chinchetas, y trazar ese orden entre los libros que me han llevado desde el libro de Veronique hasta ningún sitio, aunque una vez me divertí inventando esa psicosis sé que esa sería la forma más fácil.
Lo difícil es que un libro lleve a otro y las pistas, ella lo sabía, y yo lo entendí por eso, son combinatoria, llevan a otros no importa cual libro sea el siguiente. El final del camino no es una calle con un número y un botón con un piso descrito en la última línea. El final es saber, o comprender, que el el final está en mitad de cualquier parte en la que cerrar un libro, cortar el gas, emprender el viaje. Cuándo sucede eso no lo sé, nadie. Ni sé si estos días han sido los libros oportuno o podrían haber sido otros, obras seleccionadas por lo que se espera un lector alto, menos impaciente. Por qué no seguí a Dostoievski, porqué no leí Guerra y paz, porqué no leí las Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero que me regaló Cheche.
Un mal hilo o un cordón demasiado tensado que hace saltar una chincheta de la pared, perder un paso y elegir un libro inesperado de la estantería de la biblioteca que me llevará a otro sitio, pero como la puerta errónea lleva a todas las otras puertas.
Zweig es un personaje extraño que se ha abierto camino en mitad del árido o desconcertado panorama editorial de este país a través de la editorial Acantilado.
Cristina siempre me dice que soy un melodramático o un romántico, en más eso lo que dice. Pero es que yo disfruto con esto, con esta cobardía. Una cobardía peor que la del hombre que se aparta del ajedrez durante veinte años. Tampoco es tanto tiempo veinte años. Ya sé, un poc traída por los pelos mi relación con este personaje de la novela, el último de ellos por orden de la inteligencia de Zweig que ha dividido su novela entre los tres personajes que son el protagonista consecutivo de esta dinastía: primero el narrador, el mismo Zweig, pienso, el observador que nos narra la historia del segundo protagonista, el campeón de ajedrez Mirko Czentovic, y el tercero el doctor B.
El hombre metido en este libro va ganando amistad con el narrador, luego con el de que todo lo ha conseguido por su habilidad, el tímido muchacho de pueblo ruso que ahora es campeón y con el que Zweig te lleva de la empatía con el bicho raro a la repulsión. En ese lapso en antihéroe se ha convertido en héroe. Entonces nos presenta al nuevo protagonista, el doctor B. y reconvierte la narración para hacerla pasar por la Historia reciente de Alemania.
Ahí aquí, por la injusticia del tiempo, un germen de Borges, aunque ignoro la precisión de las fechas, o si acaso conocieron las obras del otro seguro que da igual, la obra de uno es la confluencia de su tiempo y solo gana la carrera el que luego los lee, da igual luego cuándo. Pero me pierdo. B. nos habla de su historia personal en la Historia, del cautiverio y sus razones, de la Gestapo y del libro de ajedrez que, curioseando en la red, es el mismo que Zweig repasaba a diario junto a su mujer, el de las partidas de los maestros, como el joven doctor B. encerrado en la habitación de un hotel.
Luego el final hacia la segunda partida entre los dos jugadores a los que el narrador observa, aunque aquí creo que la maestría está en el juego, como la literatura no está en su final, está en la partida no ese último movimiento que es la vida del Zweig real.
En este juego me maravillan trucos que casi no tienen importancia, como el modo en que introduce a Czentovic, la historia sin querer en la que se hace omnisciente a partir de sus pocas noticias y las de su acompañante, un personaje al que diluye porque ya no tiene importancia y hay que pensar en crear otro personaje nuevo que acerque al alter ego de Zweig a la partida.
Otra vez no recuerdo, y lo leí no hace mucho, que las novelas deben empezar como quien entra en una habitación y se encuentra con algo que ya ha empezado, y luego, hay un momento en el que tiene que irse.
Así nos va llevando a empellones, como el barquero. Adónde irá el autor en ese empellón final: me impresiona que Zweig se suicidara un año después de escribir esta Schachnovelle. Somos propietarios de nuestra vida o solo de nuestros errores.

sábado, 22 de octubre de 2011

Dai Sijie: Balzac y la joven costurera china (2002)

Un desorden de ideas. Qué novela me lleva a la siguiente. Qué libro a otro. Aquí he llegado a través de la editorial Salamandra. Alguien en su puesto del Retiro en la Feria del Libro de Madrid se la recomendó a una amiga, o le recomendó El último encuentro de Sandor Marai. Esta estaba al lado, en una versión de bolsillo con los cantos troquelados, la colección aniversario. 
Me gustan estas novelas pequeñas, me transmiten esa sensación de que esto era y es todo lo que tenían que contar. Como Seda. Como Crónica de una muerte anunciada. Como en una honestidad que obliga al autor a vender un texto que por breve no van a querer los editores, tendrán que añadir presfacios y posfacios como le pedían ya a Unamuno para cumplir con la norma de las páginas. Pero no hay más que hablar: Los adioses.
En Buenos Aires encontré por fin las obras enteras de Onetti, pero en dos volúmenes. Novelas cortas y novelas normales. Qué orden sin sentido es este si todo orden lo es ya.
Esta novela es corta y no es pretenciosa y eso es lo que se espera de su dimensión, aunque la pretensión está en la actitud y no en el número de caracteres.
La historia me ha entretenido sin sorprenderme, con un argumento sin garra pero cálido. Me acordaba de continuo de la película El violín rojo, que parte de ese mismo periodo de la historia de China y luego va hacia atrás y salta a nuestros días.
Aquí el narrador, uno de los dos chicos, el dueño del violín de la escena primera, nos narra la historia de su reeducación y las reeducaciones del totalitarismo chino, la vida en ese pueblo perdido con su amigo.
Luego las pequeñas aventuras: el sastre y su hija, los libros escondidos del otro desterrado, el de las gafas. Ahí estaba Balzac escondido en una maleta escondida junto a los otros autores occidentales.
El final, no sé, puede que sea el que necesita. Mi reproche es hacia la forma de la narración, no hacia la materia de esas páginas, la frase de Balzac traída de cualquier manera.
Para mí, mejor un tirón, algo como una pequeña garra o un roto, algo que me haga pensar, que no me deje hueco. 

  

lunes, 17 de octubre de 2011

Jon Bilbao: Como una historia de terror (2008)

El buen caos de los libros de los ritos comencé leyendo el que más me ha gustado de los textos: «El hambre en los alrededores del lago». Me gustó, con su ritmo su extrañamiento.

viernes, 7 de octubre de 2011

J.D. Salinger: Seymour Glass, relectura de Hapworth (1965) y An Introduction (1959)

Releer a Salinger es una forma de aprender de uno mismo, ya sé que esto suena pedante o excesivo, o las dos, pero cuando leo a esos personajes que solo él sabe construir aprendo cosas, cosas que me van a servir. Aunque eso no es lo principal, la utilidad, o sí porque hablo de una utilidad íntima. 
Una lectura guiada, un libro que es íntimo y que si se editara sería un monstruo contra la naturaleza como el que sale de publicar a Borges en dos volúmenes, poesía y prosa, como si lo otro no fuera lo uno y al revés, desnaturalizando El hacedor, o el Elogio de la sombra
He ordenado para mi un libro con los relatos de la familia Glass. Asís Guillén me contó algo de lo que son los niños Glass, pero no me he enterado bien, creo que me decía que se llamaba así a esos pequeños con una mente por encima de los que se han dado en llamar (pasará esta acepción) superdotados, que se llama así a los seres en los que permanece la conciencia clara de sus vidas previas... pero no recuerdo, fue una charla a la salida de un sitio, ya casi despidiéndonos hasta otra semana.
Por eso me he planteado una lectura ordenada hacia esa iluminación, no mía por supuesto, sino la de los niños Glass. 

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Vladímir Nabókov: Cuentos Completos (1921-1959)

Lenta, difícil lectura la de estos cuentos que no me han gustado. No me ha gustado casi nada, porque en unos cuentos completos hay etapas y es verdad que ningún hombre es el mismo y más cuando pasa por tantos hombres a lo largo de la vida. Así al final me he reconciliado con el autor en los últimos relatos, creo que de la etapa americana, algunos riesgos nuevos, un trabajo menos costumbrista que todos sus primeros relatos.
Mi edición contenía sesenta y ocho cuentos y tengo que reconocer que seguí adelante por la buena impresión del Habla, Memoria, si no...
pero sí hay algo que decir de algunos de esos mejores: El círculo (1936) de su etapa final en Berlín, con la técnica que advierte usó él ya antes del Finnegans Wake. Y otros...
En fin, que divertido enfadarse con autores que ya no están, y luego arreglarte y luego, ya al final en esa etapa de reconciliación encontrar en un ACBD Cultural viejo una cita de Houellebecq que dice que Nabókov es un mal escritor... No sé si tanto, pero ha divagado y ha sido persistente y estaba perdido como todos en el tiempo pero en un siglo más raro y no puedo juzgar porque no he leído más que los dos libros, pero: lo cierto es que he intuido un divagar en lo literario que parecía más relacionado con buscar el pan que con buscar la literatura verdadera. Quién sabe si esto existe, quién si esta es la novela que construyo yo sobre su periplo de un extremo San Petersburgo, a través de toda Europa y hasta Norteamérica.

martes, 13 de septiembre de 2011

Truman Capote: Música para camaleones (1980)

Vuelta a un viejo libro leído hace demasiado tiempo. Ningún libro es el libro que leímos pero esta idea torpemente simple te hace ver al que fuimos del otro lado del tiempo. Hace más de quince años había leído Música para camaleones pero había olvidado todo lo que aprendí en su lectura y todo lo que podía haber aprendido si hubiera sido el momento.
Me volvió a gustar su técnica, aunque ahora me parece más avanzada todavía que en la primera lectura. El uso casi teatral, cinematográfico. No recordaba de ninguna manera ese último texto del autor contra sí mismo, ni siquiera el del compañero de Charles Manson en «Y luego ocurrió todo», Beausoleil y esa idea que tanto atrajo a Capote, la historia de por qué hacen lo que hacen asesinos, los ladrones, los. Las personas componen su realidad a partir de lo que su cerebro es capaz de hacerles comprender, y creo que eso es lo que intenta hacernos ver Capote mostrando la realidad por el ojo de estos personajes:
RB: ¿Intenta decir que soy un psicópata? No estoy chalado. Si tengo que emplear la violencia, la empleo, pero no creo en el asesinato.
Recordaba «Mojave», pero no recordaba por qué, he descubierto que recordaba mal «Un día de trabajo».   

jueves, 1 de septiembre de 2011

Washington Irving: Cuentos de la Alhambra (1832)

Un mes sin leer es una cura extraña de no sé qué. Y volver con este libro me ha hecho pensar y atar algunos cabos que puede que no fuera necesario atar. La primera impresión de estos Cuentos de la Alhambra han sido las rápidas relaciones entre este y otros autores posteriores, a sabe: los relatos de la Historia universal de la infamia de Borges y el nuevo interés por los libros de viajes entre la novela y la guía de viajero culto o semiculto (pienso en Bill Bryson y en Sebald y en otos). Ahí se mueve Washington Irving en un libro que me ha sorprendido por la innovación que supone y algo que he echado de menos: un colofón, un final que cierre el círculo, aunque esto tenga más que ver con mis propias propias obsesiones de un orden pero también con mis gustos. Es decir, que me gusta la parte en que el autor se hace presente, las cuatro primeras partes del libro, y me hacen gracia pero casi me sobran las otras siete en las que me mantuve en espera de que el autor volviera a aparecer, y no porque no me interesaran las leyendas, que me interesan pero me aburren, como porque esperaba mi crescendo, eso que siempre pido y que no tienen por qué darme: un capítulo último en el que Washington Irving con su fiel escudero Mateo Jiménez, me dijeran algo más del libro que el raro americano había ido a escribir a Granada en 1829. Y en fin, como siempre son las expectativas las que hacen que las cosas en el mundo tengan o no éxito, así que otra vez más me echo la culpa de este final abrupto que lo es porque el lector se había inventado otra cosa.
Me quedo contento con otras ideas: la de cierta literatura que uno encuentra de pronto y cree que no vienen de ningún sitio, la de que toda la literatura es suma y sigue e Irving era un eslabón que uno tenía perdido y es necesario para entender esta Teoría de las especies literarias.

jueves, 23 de junio de 2011

Fernando San Basilio: Mi gran novela sobre La Vaguada (2010)

Luego pienso que debo de seguir una pauta, que cada libro nuevo no me conduce a otro ni me conduce a, por decirlo de una manera ciertamente psicopática, una realidad que sea, además real. Pero ahora no puedo evitar fijarme en los escaparates de las librería, y así la limpia portada de la editorial Caballo de Troya me sentó a leer toda la tarde.
Cierto encanto de leer sin esperar nada, solo por una intuición. Una novelita, lo pienso por la brevedad y por la levedad, no por la altura, que te divierte y te hace pensar sobre la realidad rara de nuestro tiempo.

lunes, 6 de junio de 2011

Enrique Jardiel Poncela: Un país de ladrones (1950?)

Leo esta novelita de Enrique Jardiel Poncela que por lo poco que dice la solapa y lo menos que dice internet debió de estar escrita en los últimos años de su vida.
Más bien recuerda a una reconstrucción a la manera de Nabokov con El original de Laura (1975-1977). Más extenso que esas pocas páginas de The Original of Laura, Jardiel Poncela reune aquí, aunque con cariño y con su tono de siempre, cercano, lleno de humor y de dolor aunque decirlo así suene cursi, reune todo lo peor de l a tradición española, no solo literaria sino lo que a él más le interesaba, la humana. Parece ser, aunque lo decuzco yo solo que volvió a la novela ya hacia el final para intentar dejar dicho lo que tenía que decir.
Venía de obras de teatro como El sexo débil ha hecho gimnasia (1946), Como mejor están las rubias es con patatas (1947), más que dos títulos dos greguerías, Los tigres escondidos en la alcoba (1949) y un proyecto de biografía que leo en internet iba a titularse Sinfonía de Mí.
Este título, duro, realista, viene más en el tono de sus primeros textos. Tal vez se imponía una mirada más dura para entrar a pensar sobre la idiosincrasia española. Pero no habla desde la zona lúgubre, desde el remordimiento, teje, alrededor de su personaje Mauricio Contreras un entramado de estatuas, me parece a mi, arquetipos de lo que ha llevado al país a ser lo que es: en lo bueno y en lo malo, como se dice en las bodas, o se decía, hace mucho que no voy a una. A lo que iba: Mauricio está rodeado por esos personajes que inevitablemente. siendo naturales, buenos, honestos, lo son desde los usos y las costumbres de nuestro país, es decir, o eso nos quiere demostrar Jardiel Poncela, son unos mangantes, unos nuevos Lazarillos. Todos ellos buscan en la justicia poética, en el yo me lo merezco más que el otro, una justificación para pasar por encima de quién sea, o para pagar un café menos en el bar, o para  un concepto más a su factura, para apuntar dos en vez de uno en la cuenta del colmado, para...

viernes, 20 de mayo de 2011

Vladímir Nabókov: Habla, Memoria (1967)

Conocía su nombre y nada más, pero por alguna razón me caía simpático. No vi, creo una entrevista, creo que si acaso una imagen fue la fugaz de un hombre de sesenta años calvo y con tripón, pero el tipo me era cercano: Hay veces que la conjunción aleatoria de unas letras despierta una sensación no consciente de simpatía, otras de repulsión aunque no me venga ningún ejemplo a la cabeza, y el caso es que Nabókov, o Nabokóv como se dijo aquí en España toda la vida, era un buen tipo, el creador de un prototipo, de un mito contemporáneo, el de Lolita. Pero no lo conocí ni lo había leído, la idea fue siempre la mal recordada película de Stanley Kubrick de 1962, y la mala película de Adrian Lyne, con Jeremy Irons intentando repetir con un dirección sin dirección los papeles de Herida o M. Butterfly (1988) con un maestro de ceremonias irregular que ha estado al frente de películas de éxito gracias a que supieron aprovechar modas o corrientes: Flashdance (1983), Nueve semanas y media (1986), Atracción fatal (1987), etc. Todas sus películas tienen ese halo de casposas que no le falta a Indecent Proposal (1993) que no le falta a su Lolita (1997), de la que Miguel Ruiz solo recuerda y de desternilla de risa y vergüenza ajena una imagen que yo no recuerdo más que por su descripción: Humbert Humbert está parado en mitad de la lluvia en su coche, o frena en mitad de esta porque una vaca cruza la carretera y sigue pasando la vaca, y la vaca vista desde los ojos del conductor mostrándonos la desazón, y la vaca. Puede que un recuerdo desfigurado por el tiempo pero la película, que ante tal crítica no busqué sini que encontré en la tele, no me rebatió. En la parte que yo vi no había vaca.
Y nuestra relación siguió con la pereza de leer hasta que ha caido en mis manos este Habla, Memoria, que se tituló primero Pruebas concluyentes, y pudo titularse Speak, Mnemosyne, y que no se títuló The Anthimion porque no le gustó a nadie, como el sombrero del argentino de Amanece que no es poco.
Qué me ha gustado de esta novela o memorias o como quieras llamarlo del que he salido convertido en amigo de verdad de Nabókov, como con esos tipos con los que simpatizas pero con los que no te has sentado ha hablar hasta el día en se convierte en tu amigo.
Y me han gustado muchas cosas de este amigo en tanto diferente a mí. Sobre todo la manera de decir las cosas sabiendo que las cosas si se quieren entender no necesitan de muchas explicaciones.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Antonio Muñoz Molina: El invierno en Lisboa (1987)

Casi quince días sin leer, escuchando programas de la radio y viendo alguna que otra película, pocas buenas. Caminando por la casa de un lado a otro o saliendo a dar una vuelta sin saber qué encontrar. Viendo a mi amigo en la tele los mediodías y dedicando el resto de la tarde a pensar en el conocimiento, a buscar en internet dudas que habían surgido de las preguntas del programa. Perdiendo el tiempo.
El tiempo es una cosa extraña que no se puede perder. Lo hablaba el otro día con Zazo mientras su niña de año y medio, Irene, nos escuchaba: tardé años en comprender por qué él, el pintor con más genio que he conocido, no pintaba, y es sencillamente porque él estaba dedicando su felicidad a otras cosas, era porque, en pocas palabras, no se lo pedía el cuerpo. José no estaba pendiendo el tiempo, estaba dedicándolo a otras cosas que eran importantes para él, dedicaba su ilusión a artes igual de efímeras: a pintar figuras de guerreros de centímetro y medio, a hacerles con barro una mochilla, un casco medieval, a los juegos de roll, al paintball, a charlar durante horas y a leer y a ver películas. Todos los trabajos son efímeros, tal vez tengo más presente esa fragilidad después de la breve historia de casi todo de Bill Bryson, pensar en este pequeño planeta en mitad de la nada, en estos trabajos de amor perdidos que son todas las cosas en las que empleamos nuestro tiempo sin tiempo.
Una de estas tardes perdidas, la dediqué a buscar información sobre una pequeña medusa de la que hablaron en el programa de mi amigo, un animal entre cuatro y cinco milímetros de diámetro llamado Turritopsis nutricula. Son, en potencia inmortales, si no se las come otro ser más grande o con más apetito junto a su ración de plancton, o si no muere por enfermedad. La Turritopsis nutricula, ese bicho minúsculo lleno de pequeños tentáculos que a penas son hilos y con un enorme estómago rojo en el centro de la campana superior, ha aprendido en su evolución inimaginable, a invertir el proceso de sus células para volver de su edad adulta al estado de pólipo. Y vuelta a empezar. Pienso en el tiempo, en que hasta cuando me aburro me lo paso bien, en todo lo qué podríamos hacer, aunque luego me pregunte para qué, si pudiéramos acumular los años de memoria, la comprensión de más cosas en un mismo cerebro que no se deteriora. Claro que mi medusa tendrá una leve memoria que no he averiguado si se pierde, o si acaso existe, en su rápido errar de la forma de pólipo a fórmula adulta que recorre si la temperatura del agua es propicia en veinticinco o treinta largos días. O el tiempo es tal vez sólo memoria.
Mi memoria, poco más eficiente que la de Turritopsis, me trae un libro del que Andrés Torijano habló con emoción hace veinte años, o diecinueve, tanto importa. Siempre pensé en una historia más bien poética que imaginé como el Poema de Ana que Izamid escribió en su segundo libro. Él pensó en titular esa nouvelle en verso Destierro en Lisboa luego por razones que desconozco, o puede que por eso, buscó un título menos novelesco, más blanco. Y así, más blanca, no negra desde luego, pensaba yo esta novela que me ha desconcertado como casi siempre que tengo una idea bien formada y siempre inventada de lo que voy a leer. 

domingo, 1 de mayo de 2011

Roland Barthes: El grado cero de la escritura (1953)

Qué librito curioso. Me levanto temprano en esta mañana de domingo. Casi no ha amanecido. voy releyendo las primeras páginas, subrayo alguna cosa que dejé para más adelante. Muchas ideas que me hacen pensar sobre el sentido real de la ilógica aventura de todos estos tipos. Escribir. Como el que hace ejercicio, como el que come mucha fruta, supongo que nunca empiezan preguntándose por qué sino atendiendo a una necesidad, a un impulso que aparece desde un lugar no real.
Pienso en la narración, en el valor del lenguaje literario. Cada época busca una novela que se acerque a su espíritu, o puede que sea al contrario, de acuerdo, concedamos que el autor busca la expresión futura, la palabra nueva que defina su tiempo. Lo cierto es que prefiero la primera opción, pensar que los escritores son lo que son, personas que buscan contar e intentan, con sus breves herramientas, trabajar ideas dibujadas con todas esas palabras en otro orden. Lo otro sería pensar en ellos como en visionarios, mediums o estafadores —¿no es lo mismo?— que ven o hablan de lo porvenir.
Mi corta experiencia como observador me hace creer más en obreros que construyen con lo que tienen y a los que el azar, algunas veces, les ayuda a encontrar ideas o a reunir palabras que antes nadie había unido.
El obrero Flaubert solo pudo unir sus páginas con el habla familiar, con sus estudios, con sus lecturas, con algunas manías. Evitando las palabras que ya estuvieran gastadas y haciendo cuerpo de una, dos si lo prefieren, obsesiones de juventud. Luego tomó esa vida para hacer materia literaria, luego viajó para seguir contando y, todo eso, y todo eso, sucedió con la suerte del escándalo de un libro y un uso particular de los tiempos verbales que le hizo sintonizar con su tiempo de la misma manera en que hubiera podido convertirse en el solterón solitario que en verdad era, un vecino que de no haber tenido éxito, fama, hubiera sido el viejo vecino solitario que al morir, el mismo día y de la misma forma que el otro, habría sido enterrado en el mismo sitio, o da igual, porque ese sería el desconocido, nadie habría sabido que hacer con todos esos papeles. Papel que se se humedece y que se pudre, o que se reparte entre los vecinos para hacer fuego: Salambó, Bouvard Y Pecuchet, La educación sentimental, Madame Bovary... quién sabe.
Con todo, mis opiniones sobre el azar y lo azaroso, el libro de Barthes aporta muchas ideas sobre la escritura: la funcionalidad de la literatura, los géneros y el lenguaje literario, el trabajo literario —habla de la flaubertización de la literatura, me gusta esa metáfora del trabajo solitario e inútil de los escritores—, y habla de la mediocridad, de la literatura del silencio, la búsqueda de la literatura neutra como punto sin enlace.
Echo en falta la universalidad en los ejemplos. No le hubiera costado tanto y restringirse a la literatura francesa dice poco del autor, empobrece ignorar a los vecinos de Alemania, en España, en Inglaterra. No es bueno para su libro la impresión arrogante de que todos los cambios literarios del siglo XX se dieron en Francia y solo en Francia como fundadora de la literatura moderna. Oh, vamos, Roland, me digo en una conversación de barra con el tipo, a lo que llamas la literatura francesa es una literatura de inmigrantes o de hijos de inmigrantes. Tal vez no sea cierto pero le torturo como se debe hacer entre amigos y cañas hablándole de Tristan Tzara, de Camus, ... ¿Y Dostoievski?, ese tampoco ha influido en nadie, ¿eh, Roland?   Tienes que ampliar para validad tu discurso, el chovinismo está demodé. Pero te perdono, Roland, porque vas a pagar la siguiente ronda, aunque me tengo que apañar con la parte por el todo de esa frase tuya: «Cada escritor que nace abre en sí el proceso de la literatura».
Paga y vamos a otro bar.

jueves, 28 de abril de 2011

W.G. Sebald: Vértigo (1990)

Tal vez hay autores que necesitan dos lecturas, o mañanas y tardes enteras de plena dedicación, porque el esfuerzo de entrar no es tan sencillo. Porque unos abren las puertas, otros tiran de ti y otros esperan a que llames. Tal vez esto está un poco mal traído, o es un poco torpe como idea, pero lo que quiero decir es que a veces encuentro cierto placer en la recompensa que es acceder a un autor difícil: otra palabra que puede significar cualquier cosa, porque nada es una cosa o la otra, tenemos cierta facilidad para cosas diferentes a los otros: montar en bicicleta, aprender a nadar. 
El Vértigo de Sebal, que según leí en algún sitio tiene un título más vasto en alemán donde Gefühle puede significar «mal de altura» o «afectividad», «sentimientos», abre sus páginas con una dificultad extraña, al menos para mi: no saber quién era Beyle. De hecho tuve que releer ahora ya con sentido pleno esa primera parte cuando por azar (creo que solo lo cita una vez en el libro) supe que Henry Beyle había tomado al principio de su carrera literaria el extraño nombre de Stendhal. 
La guerra y el hombre que mira atónito su forma. Recuerdo a Celine cuando el joven Ferdiand sigue al regimiento que entre el ajetreo marcha por París:
¡No seas gilipollas, Ferdinand!
Muchas veces, casi todas, las cosas que hacemos sin querer, sin pensar mucho en ello, se convierten en nuestros mayores errores. Y si salimos de ellos se transforman en obstáculos que nos enseñaron a seguir. Y si  salimos de ellas, de las cosas, sin comprender su profundo sentido, se convierten en obstáculos de nuestra memoria que ya no podemos sortear.
El otro día estuve pensando en todo esto. Aunque decir el otro día es decir nada: el tiempo, ordenado en libros, sin otra actividad más que sus pausas, traducidas en la horrible tele y algún paseo por mi terraza, se estratifica creando una masa de pasado informe. El futuro está ahí delante, y si al menos pudiera saber cómo va a ser todo sería más fácil. Los estratos mezclan tiempo, lectura, noches sin ruido, café.
Esa idea, la de alcanzar el futuro de una u otra manera, me ha rondado varios días, pero sobre todo desde que un buen amigo mio fue a un concurso de la tele y esa idea abstracta se ha convertido en una sensación, casi física aunque todas las sensaciones lo sean. Mi amigo, un escritor con un solo libro publicado y sin trabajo, fue a un concurso de la tele, un programa de cultura general, un dodo en la televisión de este país que se regocija de la ignorancia y del disfrute paupérrimo. Si supieran lo que significa el goce intelectual, el placer físico que puede suponer el encuentro con el conocimiento... Pues mi buen amigo fue a un famoso concurso de preguntas, un programa en el que los concursantes en su gran mayoría suelen perder en el tercer o el cuarto programa.
Yo había recibido una llamada suya que no vi a tiempo unos días atrás y cuando le devolví la llamada su móvil estaba apagado o fuera de cobertura, como rezan esas lentas voces que te explican la situación esperando que con esas frases los segundos de tu factura de teléfono aumente silenciosamente. Luego me olvidé.
Tres o cuatro días después me llamó de noche para contarme que estaba concursando en el programa. me contó que llevaba grabados más de diez programas y pese a que yo sabía que esas cosas no se hacen en directo tampoco me imaginé que grabaran ocho programas cada día. estaba emocionado, mi amigo había conseguido algo que siempre me pareció imposible y además conocía las entrañas de algo que para mi era imposible de alcanzar: conocer la mecánica del directo, conocer al simpático presentador, ese tipo de curiosidades sin sentido que pese a la falta de peso específico te interesa saber.
Sus programas no se habían emitido todavía como yo ya sabía, porque en realidad es el único programa que no me avergüenza ver en España. El día que me llamó estaba ya concursando y entre dos de los programas me llamó para preguntarme sobre Banski. Yo era el único que sabía bastante sobre Banski, me dijo. Pero yo no sabía del concurso y no pude darle la importancia, cuando le llamé había vuelto al estudio a grabar otro y su intuición dio una pista que ayudó a los otros concursantes: ya no me iba a despegar más del teléfono.
Además dentro de poco empezarían a emitir aquellos en los que él participaba. le pregunté cosas de otros concursantes que ya me eran familiares y que se alojaban en su mismo hotel, me contó cómo estaba disfrutando y mi curiosidad le preguntó qué tal les iría a los otros concursantes. Le preguntaba, al fin y al cabo, por el futuro, pero por un futuro con respuestas ciertas y vitrificables con el paso del tiempo. Con el paso de los días fui viendo esos episodios con otra serenidad, sabía que algunas respuestas erróneas llevarían a que unos fallasen y mi amigo por fin apareciera en pantalla.

[...]
Pienso en mi terraza y viene la imagen de la casa, de un pintor, que vi en algún sitio. Una casa museo con sus muebles del XVIII o el XIX, sus salas y un patio trasero con hierba y dos bancos, a la derecha del acceso una escalera llevaba a su estudio, un sitio con aire y sin demasiadas distracciones que concentre el pensamiento. Los horizontes dispersan la idea, consiguen que se escape. Mi terraza no tiene nada que ver con aquel sitio que me empeño en ubicar en Budapest pese a que mi memoria no trae ni el nombre del pintor o su mujer, no las pinturas ni la parte exterior del edificio: solo el jardín donde deseé echar una cabezada, un estudio de techo alto, alguna sala. Es extraño como la memoria ordena las cosas, relaciona desorden, ideas traídas por placer, por el placer de pensar en un lugar verde frente a mi breve terraza. 


viernes, 22 de abril de 2011

W.G. Sebald: Austerlitz (2001)

No sé que sucede a veces con algunos autores. Me desorienta la crítica que no refleja lo que yo he encontrado en los libros. Así internet, ese bombo aleatorio de loterías, relaciona a Sebal con Coetzee y con Bolaño. Me gusta Bolaño con ese sentimiento de insatisfacción que se pronuncia más en J.M. y más aún en W.G.
Austerlitz me desconcierta de mala manera, de esa manera mala que te hace sospechar que a veces los lectores, netamente cultos u ociosos, magnifican a ciertos autores en pos de una épica, de la creación de una épica a partir de la muerte trágica, de la obra truncada. Pienso en Lorca aunque esto me exponga a un apedreo público, pero al menos pienso.
Hace años, una noche fría en la que no pudimos encontrar al resto de los amigos le planteé este dilema a José Luis Puerto, un dilema que para mí no lo era, pero que planeaba sobre el tabú que es, todavía hoy, decir lo que opinas de ciertas vacas sagradas de la literatura. Hay un Lorca que me gusta, pero no los otros, y Puerto, una vez que dimos por perdidos al resto y nos metimos en un bar a tomar algo, me tranquilizó. Él también había pensado eso durante algún tiempo, no recuerdo si mucho o poco, pero me vino a decir que en toda literatura deben de coincidir los tiempos de autor y lector: en el último año había vuelto a leer a Lorca y se habían revelado para él elementos que hacían de Federico García un autor imprescindible. Me habló de ideas concretas que no recuerdo pero que no me hicieron volver a su poesía.
La conversación había empezado con Luis Cernuda. Cernuda es único y su peso está por encima de las corrientes políticas y de las vindicaciones de moda. Y ese es mi punto inicial: hay obras contundentes y que no generan dudas y hay otras que los lectores se esfuerzan en defender. Yo defiendo mi vuelta a Vila-Matas aunque haya una falta en cada libro, una falta que tal vez invento yo, pero no invento un mecanismo que recrée una secreta armazón sobre lo que es falta humana. O tal vez eso es la novela contemporánea: no el mecanismo de relojería del Ulysses, sino el impulso natural de narrar por encima de toda perfección y contra el tiempo.
Así de complejos, nosotros con nuestras opiniones desordenadas. Defender lo que digo que no debe defenderse. Poner en valor lo que digo que debe tener peso propio. Escribir es ponderar y leer es ponderar. Lo es para mí, pienso. Leer es un instinto y es intelectualizar ese pensamiento.
Y a pesar de toda divagación hay algo real, tangible pienso, en la buena literatura, algo vertebral que va tomando forma en Austerlitz a partir de la mitad del libro, un poco antes de ese meridiano, que he leído en este puente lleno de lluvia, estos días en que todo el mundo ha corrido hacia algún sitio para huir no sabían de qué, de todo menos de la lluvia.
Austerlitz toma cuerpo en la historia de su protagonista cuando se hace sombra, cuando Sebald forma un paraguas con sus manos para que podamos ver en  mitad del brillo de los días la historia particular de tantos, el repaso por la tragedia del siglo XX. Que lo haga desde el hombre que cuenta a otro hombre cosas que ha visto y que le han contado y que ha leído, y que a su vez este último, parcial, perezoso para la imaginación, nos cuente a nosotros ese encuentro de errores, esa búsqueda de la nada que es la desaparición, hace que el relato deslavazado —perdón— de Los anillos de Saturno tomo cuerpo, se forme y crezca como una música: sin mucho sentido y sabiendo que la partitura puede girar en cualquier punto hacia lo desconocido pero marcando su camino con cada nota hasta hacerlas imprescindibles y lógicas.
Supongo que Sebald se ha ganado una posteridad con esta obra, una posteridad que carece de sentido para el que ha muerto. Que la ha ganado porque esta obra, a partir de los apuntes de Los anillos marca una línea entre el compromiso y el asueto: me explico. La vida no es tan importante ni tan grave, y esos personajes que pierden su vida en estudiar la historia del comercio de la seda la pierden igual que los que buscan la tragedia y el dato de la Historia, al fin y al cabo ese es el hombre, camino de nada hacia la nada, y esa sensación llena de vértigo da calor, reconforta, en la lectura de Austerlitz