viernes, 15 de abril de 2011

Bogdan Bogdanović: La ciudad y la muerte.

Con una traducción extraña de Aleksandar Ivančić y Eva Santan la ciudad de la muerte me interesó ante todo por el aspecto exterior del libro, una edición de Mudito&Co., una editorial barcelonesa, y por los dibujos rápidos de su interior. No sabía qué iba a encontrarme y encontré un libro libro que se anunciaba lleno de ideas y que me defraudó al no encontrarlas más adelante. 
Tal vez fuera eso: digamos que un exceso de elipsis, trozos de cosas tomados de aquí de allá, conceptos repetidos y en los que no se profundiza, charla sin buscar profundidad. Y detrás: que el libro me sigue gustando como objeto, sus guardas negras, los pegados de imagen sin buscar mucha justificación, la letra pequeñísima sin interlínea ni interletrado agolpada hasta el vértice de la última página que por el otro lado es ya guarda llena de negro parecen las ciudades y sus límites: el mar o la ciudad nueva o el acantilado.
He leído a saltos y algunos ya deprisa a la vista de la fecha de entrega en la biblioteca, que ya me iba a penalizar al menos con un mes sin poder sacar libros, leí contabilizando la demora que ya llevaba y en la cara agria y la halitosis del bibliotecario. Nietzsche decía que la dispepsia agría el carácter, y por esa cita le perdono yo al tipo la mala leche cuando veo que todos le devuelven los libros alejados del mostrador: invento que sufre en silencio una acidez estomacal insoportable, que a penas tiene cuarenta años y ese olor le ha impedido acercarse a mujer alguna y por eso habla con desprecio a todas sus compañera y por esa soledad que limita el horizonte de su ciudad a la sala de devolución de la biblioteca pública se cree el príncipe y déspota de ese reino. Es un tirano en toda regla, pero un tirano de pacotilla que como todo tirado da cierta pena en su soledad. Me torturará cuando devuelva el libro con una expresión grosera o con una fecha de desprecio que marca mi condena a no poder sacar libros, me lanzará desde el borde de su estómago esa materia en descomposición que es la úlcera.
O tal vez tenga suerte y esté la chica agradable y cansada que suele sentarse a su lado. En los límites extremos de la ciudad, su aire viciado. Pienso en Ciudad de México un día en que volvía, no recuerdo desde dónde. Empezaba a anochecer. El valle estaba iluminado por sus luces y, sobre ella, se veía claramente una gran nube negra, un tapón de humos que cubría la ciudad. Tenía sus límites nítidos, su frontera. Alguien dijo:
—Ahí dentro vivimos nosotros.
Y el coche siguió adelante, la larga carretera. 

martes, 12 de abril de 2011

W.G. Sebald: Los anillos de Saturno (1995)

Supongo que ese título habla de los fragmentos de restos de otras cosas que forman a lo nuevo: un libro, la forma de Saturno, nosotros mismos. No conocía a Sebal y fue Raúl Aragoneses quien me dijo que tenía que leerlo. No me dio explicaciones. Así que busqué primero este título que me sonaba, un libro creado de fragmentos que no busca transmitir una ilusión de continuidad, una forma compacta como los anillos del planeta.
Aunque tal vez hay algo de exceso de expectativas en mi mala lectura, no he leído bien, o buscaba lo que no está mientras avanzaba. Sólo me interesó el primer capítulo, y me entusiasmó el noveno porque hablaba de ti, como casi todo. O también porque pensé que el libro comenzaba a tomar una forma hacia el final: esperaba el crescendo a partir de la historia desconocida del joven Chateaubriand, esperaba la historia que me llevara a las Memorias de ultratumba.
No sé, buscaba continuamente un hilo fuerte, un cuerpo sutil que vertebrara el todo. Al tiempo me interesaba lo que dice, esa forma de caos que imita a la realidad y que es la nueva novela. Claro que puede que eso no signifique nada: la nueva novela.
Pienso en ese hilo fuerte, que mientras tanto, entre lecturas, sigo «atado a ti por ese hilo tan fino de mi imaginación» del que habla Izamid. Las historia está detrás de las cartas de Flaubert, detrás de las memorias de Chateaubriand, detrás de las páginas amarillas. Está el ambiente de la novela, este sentimiento extranjero, esas cosas. Esos anillos se mantienen suspendidos por fuerzas invisibles: tú, que no existes, el hilo argumental del personaje, la historia de mi amigo Raúl y cómo llegó a este libro.
Se lo recomendó un librero de Madrid llamado Mariano Mingot. El tipo ha muerto hace un año de un cáncer que atravesó su vida como un relámpago y del que no le habló a nadie. Mingot había conocido a Seval porque como la hija del librero había muerto en un accidente de tráfico.
Me distraigo: él, la hija, Sebal, puede que tú, habéis desaparecido. Qué sucederá cuando hayamos desaparecido todos (me refiero a todos), con todos estos libros, los edificios, las palabras dichas durante una partida de naipes, todo.
Los fragmentos se esparcirán, no servirá de nada esta obsesión de dar nombre a las cosas, de firmar cada fragmento, de nada sirve siquiera, ahora que todo indica que de momento no hemos desaparecido, saber quién dijo cada palabra, saber qué nombre hay detrás de las palabras que Mingot escribió en la primera página de Los anillos de Saturno que le regaló a mi amigo:
Cómo hablar de la fatalidad y de la nuestra en especial, sino como de algo en común.  
Entre paréntesis indicó el posible autor con una inicial y un apellido: D. Justice. Me dice esto y mientras me habla de que no ha encontrado en internet nada que se le parezca pienso, primero, que no me parece que sea un nombre. Suena más a un seudónimo, porque lo primero que mi cabeza dicta es la locución latina De iure, por derecho propio. Pero no sé, y no encuentro, esta idea o traducciones similares en la red. Releo la frase: la fatalidad, la nuestra en especial, algo común.
Ordenamos el vacío con nuestra imaginación mentirosa y sólo puedo pensar en la fatalidad de la muerte de los seres queridos. Sin ninguna certeza invento que Mingot habla de la hija, de Sebald, pero habla también de el resto de la vida, de la afiliación al partido anarquista, de la cárcel franquista que interrumpió su carrera de medicina, de la condena en Caravanchel... La fatalidad. Pienso en otras posibles traducciones que me ayuden a encontrar la cita, luego vuelvo a llamar a Raúl, sin decírselo todavía apunta a lo que estoy pensando, un seudónimo. Los dos estamos en la idea de que se trate de un juego en el que esconderse de sí mismo.
Pero nada te esconde de ti mismo como la muerte. Mingot desaparece y pienso que la vida sí es como el final de este libro, puede que tengas muchas más cosas que contar, pero termina porque nen algún sitio que nunca elegimos hay que terminar. 

viernes, 8 de abril de 2011

Juan Carlos Onetti: El pozo (1939)

Fue El astillero el libro que me hizo empezar estas anotaciones en papel. Un poco así: como cuaderno de bitácora que fije los días y las acciones, que obligue a una memoria, o a no olvidar.
Olvidar es bueno y es peligroso. O como casi todo y para caer en el tópico es bueno y es malo. Olvidar es malo cuando uno quisiera recordar cada momento, cada línea de algo que para él tuvo importancia sobre el pasado. Recordar es malo cuando pienso en esos momentos de luz vista más tarde, luz que uno quiere aclarar en el re cuerdo hasta el sueño que lo revive, valida para siempre. Porque el sueño es maldición y la desmemoria es bendición. Olvidar es bueno porque no pesa lo irrecuperable. Olvidar es malo, dejamos de ser si es que fuimos algo, la memoria borrada es un suelo tosco, una materia no real sobre la que pisar. 
Por eso comencé a notar mis lecturas, para que los días no se disuelvan entre comida, cena y sueño. Por eso prefiero, creo, seguir así a salir a buscarla, porque la memoria es frágil, quiero decir cobarde.
Y fue Juan Carlos Onetti, esa vaciedad --digo la palabra como si la inventara-- esa vaciedad de unos personajes que vuelven como yo de la nada, que llenan sus días de nada, de ausencia convertida u ordenada como objeto. Rellenan y completan informes inservibles.
Tal vez eso nos dice Onetti: que todo es inservible, que Ocnos trenza los juncos con que se alimenta su asno para llenar el tiempo puro. Yo estoy aquí ahora, viviendo la aventura de mis juncos inservibles. Otros corren en las carreras de coches, otros investigan células cancerígenas, otros escalan montañas o descubren las propiedades de una nueva droga, de otro paraíso artificial. Así pasa el tiempo.
La duda nuestra, la del hombre inuti y contemporáneo, no está en cual de esas formas elegir: el astronauta o el agricultor. La duda es cuál de los tu mismos, de tus caminos cuál.
El protagonista de este pozo, un ensayo primero que será parte de otros hombres sobre la nada que serán más complejos, más nada, lo sabe todo desde su cuarto, desde su pieza cerrada que a su vez cabaña o celda. Ahí encerrdos están todos los que son él: el muchacho y la bestia. Una historia que va creciendo en los personajes de su recuerdo, las mujeres por las que no se interesó más que como una parte de lo que él es.
Y está aquí, ya, aquello dice Vargas Llosa y que yo no había sabido enunciar por mí mismo, esa busqueda de Onetti por recrear la realidad en vez del sueño, como si él, sus personajes, nosotros, viviéramos del lado del sueño y buscáramos recuperar o interpretar la realidad. o como si la realidad fuera falsa y fuera necesario interpretarnos, como cuando este Eladio Linacero despierta a Cecilia para que sea la imagen que él recuerda de ella:
Entonces tuve aquella idea idiota como una obsesión. La desperté, le dije que tenía que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada; era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asustó y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco donde el viento golpeaba haciéndola inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos.
Como el Pollock de la película que interpreta Ed Harris, que vuelve borracho a la casa y sube la escalera gritando, escupiendo «Fuck Piccaso», un canto o como una oración o un mantra que otros han repetido con Joyce. Esa imposibilidad o esa súplica por superar al maestro, por realizar algo nuevo, por encontrar una brecha, un subrepticio, este fragmento mismo que forma una obra desarrollándose en Un sueño realizado y luego en todo lo otro. «Qué cabrón Onetti», eso se lo he oído yo a muy buenos amigo. Porque hay algo en su música, que no está en otro sitio.
Aquí, inicio, hay algo puro, abierto, más cándido o menos cansado que en otras novelas. Puede ser en la propia fuerza del que escribe, de quien se enfrenta a lo que es por primera vez a través de una novela. No es Canadá y no es Santa María. Una novela es un hombre no un sitio. 

miércoles, 6 de abril de 2011

Horacio Castellanos Moya: El asco (1997)

Tal vez cierta necesidad de volver a la narrativa hispánica. El asco es una novela pequeña. Una novela rápida, una breve lección sobre la velocidad, una velocidad impecable.
No sé cómo llegue a Horacio Castellanos , de verdad que no lo sé: ni lo he encontrado en la biblioteca por azar ni en una librería ni en la casa de un amigo. Qué curiosidad las estanterías de los libros. Tal vez alguna relación o algún comentario en la prensa cultural, pero ha llegado o yo he llegado al autor.
El texto, incómodo como un título, lo es en la voz narrativa, una actitud muy definida marcada por la voz, la de Vega. Vega que es, a la vez, Thomas Bernhard. Pero de eso hablaré luego. La voz que le cuenta a Moya por qué está allí, de vuelta a San Salvador para el entierro de su madre, deseando volver a Montreal, no haber salido de Canadá nunca. Esa voz relata sus recuerdos, sus odios, con un rencor como todo rencor, sin sentido, un asco que no oculta razones secretas.
Mientras repasa la historia de su viaje, de su estancia, pasa por la historia del país, su familia, las costumbres: la música, la cerveza, la plata, la posición social, por la literatura y la cultura de su país, por la educación religiosa.
Vega ha sido estafado, como yo, por los hermanos Maristas. En el fondo me divierte ese párrafo a través del que me siento hermanado por una educación deficiente en la que se supone que es una institución de excelencia, un hueco para la cultura que es solo, o lo lo fue en mi tiempo, hueco para el dinero. Pobres y seguramente mal pagados profesores que me hicieron odiar cosas tan naturales como los libros, las matemáticas, la historia... Puedo seguir, pero prefiero el párrafo que Castellanos Moya le dedica en las primeras páginas:
Nosotros somos la excepción, nadie puede mantener su lucidez después de haber estudiado once años con los hermanos maristas, nadie puede convertirse en una persona mínimamente pensante después de estar bajo la educación de los hermanos maristas, haber estudiado con los hermanos maristas es lo peor que me pudo haber sucedido en la vida, Moya.
Pero Vega se siente estafado por muchas cosas más. También por las promesas, por los políticos, por los militares, por la guerrilla, por los comerciantes por la televisión, por el bienestar.
Moya escucha en silencio para luego poder contarnos lo que le dijo Vega. Ese juego es la clave, lo que impulsa con fuerza la narración, lo que da la velocidad. Porque el narrador no narra, no habla, no es omnisciente, solo guarda silencio y acompaña al protagonista en silencio.
Un silencio en la novela en el que no surte sobre mi lectura el concierto número uno de Tchaikovski que imposiblemente el dueño del bar pone en esas horas sin gente para el protagonista de la novela. No suena en mi cabeza pero si en la de Vega que nos habla de la madre, de la casa en herencia, del negocio de llaves del hermano o del desapego. Y todo va pasando casi sin tiempo para percibir la puntuación. Puntuar es respirar, es jugar una partida de inteligencia, es dar voz, tiempo, carácter. Ahí, cuando uno lo comprende, es el momento de parar y saltar atrás. Pero, saltar atrás y ver que lo que esperabas iba a ser una sucesión de comas sin fin, lo es, pero fuciona de otra manera: frases muy largar, puntos abruptos naturales en la conversación, en las pausas del pensamiento, párrafos infinitos que transmiten, o a mí al menos me la transmiten, sensación de acumulación, de agobio ante el tropel de objetos y objeciones molestas que El asco nos muestra hasta el borde ultimo de la historia, cuando aparece Thomas Bernhard para sorprendernos.
Estaba desde el subtítulo de la novela, pero a penas le prestamos atención. Edgardo Vega ha tomado su nombre de un escritor austriaco al que admira. Eso dice, y ahí, como al final de Madame Bobary, empieza una novela: quién es Bernhard, qué significa para Vega. 

martes, 5 de abril de 2011

Katherine Neville: El ocho (1988)

Otro de esos libros aburridos, muertos en las estanterías de la casa que alguien una vez hace muchos años te indicó con un gesto de la cara algo que pudiste interpretar como: interesante, perece la pena, curioso de leer. Una mala interpretación o lectura para otro tiempo y otra gente.
Los seis capítulos que he leído si transmiten un peso, pero todo se hace vago o se diluye, puede, en el exceso de  temas: un reflejo del medievo que empieza a cansarme, las grandes corporaciones del XX, la KGB y sus micrófonillos, el ajedrez, la quiromancia y la Guerra Fría, las sociedades ocultas...
Demasiado libro entre otros muchos que ya he leído. El péndulo de Foucault, editado el mismo año que este, tiene otro peso, humor, modernidad en vez de modelnidad como decía Pepe Hierro.
Demasiadas cosas para mí y demasiada literatura de peso por leer y disfrutar, no sé si hay algo al final de todo esto pero hay otros libros con lo que seguir buscándote y siempre poco tiempo.
  

martes, 29 de marzo de 2011

J.D. Salinger: El guardián entre el centeno (1951)

Un divetimento. Un principio, una forma de aprende de cómo llegar a algo más alto. Además: un texto alejado de toda la mitología popular que dibujaba a Holden Caulfield como un adolescente conflictivo en el peor sentido de la palabra, el de un delincuente juvenil con problemas de adaptación. temía el libro porque la gente recurre a la anécdota en lugar de al núcleo.
El libro es un libro ligero y divertido que apunta a lo que vendrá después, personajes deliciosos, y uso esta palabra difícil de digerir con todas las letras. Phoebe, la hermana pequeña del protagonista que se desarrollara como germen de la descripción de la psique infantil que veremos en la familia Glass. Están también el compañero de habitación, el profesor de historia, el profesor de literatura y su mujer, ese compañero que vive del otro lado de la ducha, único acceso entre habitaciones...
Leo en internet que Salinger puede haber dejado quince novelas terminadas a lo largo de estos años de silencio. En el apartadeo de Facebook sobre mi estado escribo «Esperando las 15 novelas de Salinger». Una hora después Raúl Aragoneses comenta al pie: «¿Las necesitamos?». La pregunta me hiere, no sé por qué, me siento casi ofendido. Luego recapacito, Raúl habla de las obras terminadas, de hacer lo que uno tiene que hacer y hacerlo a tiempo. Quiere decir que las obras inconclusas como las perdidas en parte son también obra completa.
en cuanto reacciono respondo a su nota: «Yo sí, no sé explicartelo... Es como el que necesita comer. Creo que Salinger tiene mucho más que dar, que después de Seymour, an Introduction y de Harpworth (o como se escriba) que es un relato que me ha divertido como nada... venían más cosas, lo que él deja intuir en Seymour... "hay que disparar la canica sin querer ganar para poder acertar", me habla de una obra final, o de quince finales que partan en dos sin pretenderlo, que renueven si buscarlo, toda la narrativa por ver en el siglo XXI. Todavía estamos atados a demasiados convencionalismos. Salinger estaba preparado y ha tenido cuarenta y cionco años para llevarlo a cabo».
Eso pienso.  


domingo, 27 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Seymour, una introducción (1959)

Me repito: «En el fondo del fondo la nostalgia del orden...». Así comienza Gil de Biedma su Diario del artista seriamente enfermo. Mi orden ha sido ha propósito desordenado: tenía demasiados prejuicios con The Catcher in the Rye como para empezar por ahí... ahora, cuando he leído todo lo que ha llegado a mis manos de Salinger, me pregunto si he hecho bien. No es bueno comprar los prejuicios, la gente los vende por nada. 
Y esa ha sido mi vida esta semana: Jerome David Salinger. 
Un amigo me dice: 
—Qué tal Isidro, ¿qué has hecho últimamente?
—Leer.
—Algo más habrás habrás hecho.
—En realidad no. 
—¿Y no te aburres?
—En realidad es toda una aventura—, lo digo y pienso en La increíble aventura (2003), un disco de Migala que pienso unilateralmenete que iban por ese mismo sentido, cuando titularon el disco. 
Es una aventura extraña leer en lugar de salir. Pero hay aventuras más tediosas, como la de ir al supermercado o ver por la tele la retransmisión de cualquier deporte. Además, pienso que si los hermanos Glass leían no ando tan desencaminado, los prefiero a ellos antes que a todos esos adultos siguiendo normas estrafalarias y dibujando líneas en el suelo y corriendo de un lado a otro.
La literatura es más como aquel juego que inventó Calvin el de Calvin y Hobbes, las normas del juego son las de ir cambiando las normas del juego.
Eso hace Salinger en Seymour: an introduction. Cambiar las normas del juego, las nuevas ya no dependerán de las anteriores ni se podrá volver a ellas, si vuelves se termina el juego, porque te aburres. Y sabe por dónde se anda, Buddy Glass, su verdadero protagonista, nos habla de lo literario sin decirlo a través de las sugerencias de su hermano que unas veces son la crítica literaria y otra el secreto del juego de canicas:
El método para jugar a las canicas que Seymour me había recomendado por pura intuición puede relacionarse de una manera legítima y nada oriental, diría yo, con el refinado arte de lanzar una colilla de cigarrillo a un cesto situado en el otro extremo de la habitación. Un arte, creo, en el que la mayoría de los fumadores masculinos son verdaderos maestros sólo cuando no les importa un bledo si la colilla llega o no al cesto, o cuando no hay testigos en la sala incluyendo, por así decirlo, al mismo disparador de colillas.
Y así vas avanzando entre los recuerdos y la vida mundana de un personaje que luego he encontrado muchas veces en otros libros, el alter ego descuidado del autor, un personaje cuya construcción no importa mucho, porque su labor es la subjetividad, ser un raro narrador omnisciente. Suena raro, lo sé, pero me explico, se trata de una sensación: es omnisciente porque lo ve todo desde fuera, ve toda la realidad que debe saber el lector, pero es a la vez la que percibe como personaje y no es un narrador en primera persona, porque percibe su mundo desde los límites y aún más, al autor no le preocupa demasiado la realidad del personaje.
J.D. Salinger quere hablar de Seymour y de sí mismo que es Buddy y no lo es, que ha escrito cosas que son suyas o son de J.D. o de ninguno de los dos. Juegan, muchos autores después de él a ese descuido que genera complicidad con el lector: Para qué quieres que me esfuerce tanto en fingir que yo no no yo, ambos sabemos de lo que estoy hablando. Ese es el personaje semiomnisciente que he encontrado en muchos después de Salinger.



viernes, 25 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1955)

Sigo pensando en este título, frente a los otros títulos de Salinger. Qué buscaba con esta alegoría. No puede ser otra cosa.
en lo demás se trata de una historia divertidísima. Me inquieta este humor del autor que encuatras siempre, ahí detrás, esa fina risa que hay detrás de todo lo grave que nos encontramos en la vida: una forma dulce y amarga de criticar la vida contemporánea, la gravedad que intentamos infundir a los actos más banales para refejar una especie de luz, un peso específico a nuestras acciones más insulsas.
El peso, la realidad, está en el cigarro que deja unos de los invitados apagado sobre el cenicero. ese acto en más real que la ceremonia de una boda para Seymour.

jueves, 24 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Tres relatos (1941, 1942 y 1944)

Encuentro estos tres textos publicados en 1987 en revistas por Javier Marías: El corazón de una historia quebrada o The Heart of a Broken Story (1941), La larga puesta de largo de Lois Tagget o The Long Debut of Lois Taggett (1942) y Las dos partes implicadas o Both Parties Concerned (1944).

miércoles, 23 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Nueve cuentos (1953)

Nine Stories, que salinger podría haber titulado Nueve o Caja, como contenedor que es de los relatos que él consideró publicables, los que comprende de 1948 a 1952.
Quedan veintiún relatos más de primera época, de 1940 a 1948, de los que he encontrado tres en interner, traducidos por Javier Marías.
Mientras tanto esta selección, que intuyo ha sido ordenada de forma estrictamente cronológica, se abre con el primer texto de éxito de Salinger, Un día perfecto para el pez plátano (1948), y con Seymour Glass como protagonista. Me pregunto qué lectura tendría en mi este texto si no viniera de leer Hapworth y Franny and Zooey. Tal vez no hubiera recibido esta sensación de flash-back, de ver pasar la vida ante los ojos de Seymour de manera tan nítida como lo vi en su habitación de hotel.


El tío Wiggily en Connecticut (1948)
Justo antes de la guerra con los esquimales (1948)
El hombre que ríe (1949)
En el bote (1949)
Para Esmé, con amor y sordidez (1950)
Linda boquita y verdes mis ojos (1951)
Teddy (1953)
El período azul de Daumier-Smith (1952)


lunes, 21 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Hapworth 16, 1924 (1965)

Hapworth es una narración maravillosa que he leído en la idea de que se trataba de un relato primero del autor, por la simple y tonta razón de que habla de un Seimour de siete años. Un niño que es divertido, voraz, cercano, incomprendido por superdotado, un niño al que lees desde el extraño conocimiento de su muerte. Está el, está su hermano Buddy, toda la familia Grass. Toda la nacida en 1924, claro. El relato es una fiesta, es una historia divertida y cercana que te desconcierta y te hace reír, es el reclamo de las endorfinas que me ha hecho sentir ese placer de la lectura casi físico. Estoy exagerando, es probable, o no sé.  
Para mi sorpresa, cuando busco en la red más sobre el cuándo y cómo de la historia, descubro que Hapworth 16, 1924 es la última narración conocida de Salinger. Ocupó más de setenta páginas del número de The New Yorker que lo publicó en junio del 65. La wikipedia explica más sobre la publicación  (www.wikipedia.org/wiki/Hapworth_16,_1924): 
Después de que la historia apareciera en The New Yorker, Salinger —quién ya se había encerrado en su casa en New Hampshire— dejó de publicar para siempre. Dado que nunca se imprimió el relato "en pasta dura", los lectores tuvieron que buscar con empeño una copia de ese número o acceder a él en microfilm. Pese a todo, desde el lanzamiento en DVD de The Complete New Yorker, en 2005, el relato es de nuevo más que accesible.
Nos cuentan que en 1996 una editorial de Virginia inició el proceso de publicación del relato en forma de libro. Tras la muerte de Salinger este pasado 2010, el Washington Post publicó de los esfuerzos del editor, Roger Lathbury. Salinger, según el periódico, había contestado con cierta rapidez a la propuesta del editor y con una breve frase: "I'll think about it." Luego un 26 de julio, extraña fecha, Lathbury contestó al teléfono, la voz sonó como las gravaciones de voz que se conservan de Walt Whitman, se identificó y dijo:  "Well, um ... I am delighted that you called."
Luego se reunieron en la cafetería de la National Gallery of Art Salinger. La wikipedia dice que Salinger: "se sentía verdaderamente preocupado por la publicación del libro, hasta el punto de viajar a Washington para supervisar la tela de la cubierta". El periódico habla solamente de un encuentro en el que Lathbury llevaba un catálogo de telas y el manuscrito de 24.000 palabras que había mecanografiado a partir del original de la revista.
Qué manía los anglosajones con lo de medir en palabras los texto, y lo complejo es que la costumbre viene desde antes de los ordenadores. Qué media matemática, qué trabajador angustiado contaba hoja tran hoja las manchas de tinta.
Hablaron de libros,  de Mary Baker Eddy de la que J.D. Salinger era fan. Luego entraron en materia, no quería una edición en rústica con camisa, quería pasta dura y una tela con durabilidad: Buckram, un tejido que, claro, también he tenido que buscar en internet. Hablaron del cuerpo de la letra, de las fuentes, del interlineado, de la tirada. No hablaron de dinero o adelantos.
Pero la ilusión de Salinger duró poco. Un comentario a un periódico local, del que se hizo eco este mismo Washington Post, que habla en su páginas de sí mismo como de un extraño, pusieron la atención sobre Salinger que volvió a su encierro y nunca más contestó el teléfono a su editor. Medio año después de las primeras llamadas se canceló el proyecto. Pulled the plug on the proyect, esta dice estaa versión on-line del periódico, lo que sugiere cierta brusquedad y pocas explicaciones cuando las razones están a la vista: J.D no quería medios, quería algunos lectores, volver al placer de una pequeña edición, a su cuidado. Aunque esa es mi idea, claro.
El relato es divertidísimo. Más allá de Seymour y Buddy está la imagen de los padres anonadados del otro lado de la carta de un niño de siete años. Pide una segunda lectura tal vez al final, cuando lea el resto de esta pila de libros que son toda la obra de Salinger.

domingo, 20 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Franny y Zooey (1955 y 1957)

Ahí, en una mesa, en una habitación con llena de libros apilados y en cajas, sobre esa mesa entre otros libros, están apilados los cuatro que me prestó Luis Somoza: Nueve cuentos, Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado, y El guardián entre el centeno.
Y así, he empezado por Franny y Zooey: cómo imaginar que esta novela sin apariencia de serlo, "descuidada", como dice el autor en su dedicatoria, me iba abrir las puertas a un autor que me había llenado de pereza. Pereza por la desconfiada fama hacia su novela El guardián entre el centeno, que vi pasar entre mis amigos a una edad en que no me interesaba casi nada y que luego cuando tú me hiciste buscar, o distraerme de mi miedo a buscar, ya me pareció como leer El hobbit en edades que sobresalgan de los márgenes de seguridad que conforman los catorce y los veinte años. Esa era, para mí, la edad para The Catcher in the Rye. Y aunque sigo sin haber leído la novela tal vez cuando la lea aprenda que no hay edad para nada y que no hay edades buenas o malas para leer un libro o subirse a un avión. Tiempo de aprender que hay una sola y breve vida. Mucho me ha hecho pensar Una breve historia de casi todo.
Al principio me confundió cierto caos descriptivo, que fue tal vez un periodo de acomodación al tono de los personajes. Pero luego fui conociendo a Franny, su delicadeza, y que su caos era interior. Una primera parte o una nouvelle que se resume en una espera, la de Lane, el "amigo" de Franny, en una estación de tren, y la escena en un restaurante. Todo está ahí, ese plato que Franny no toca durante todo el almuerzo y poco más, el mundo que los hombres creamos dentro de nuestras cabezas.
Franny nos habla del ser humano y sus imposturas esconde a su autor para decir cosas como:
Esto es en parte lo terrible del caso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. Solo son gente que escribe poemas que se publican e incluyen en antologías por todas partes, pero no son poetas.
Salinger que a lo largo del libro desnuda y critica sus propios pensamientos, critica su actualidad y se pone en duda, dice y descalifica esa seguridad en el decir.

Luego Zooey. La novela, es incorrecto decirlo puesto que ya se ha desnudado antes, con la voz de salinger que nos plantea ciertas dudas y algunas normas de lo que va a narrar a continuación. Se dice familia de los Glass, nos da los personajes al modo del libreto teatral y nos deja con la imagen de una bañera en la que Zooey está fumando y leyendo una carta de su hermano Buddy. Y ya Zooey, la madre que entra en el baño para hacer algo en el espejo y le habla a él al otro lado de la cortinilla, y Franny. Nada más, también está  omnipresente y desaparecido Seymour, el hermano mayor que «se suicidó mientras estaba de vacaciones con su esposa en Florida. De estar vivo, hubiera cumplido treinta y ocho años».
Hay algo que no está y está en todo y que te engancha a la familia Glass en un domingo como este. Las opiniones de una familia que Zooey define:
Somos anormales, eso es todo. [...] Somos la Dama Tatuada, y no vamos a tener un solo minuto de paz en todas nuestras vidas hasta que todos los demás también estén tatuados.
Una familia o un gen erróneo lleno de carácter que pasa a través de todo y ese es, claro, su atractivo:
Hago que todo el mundo sienta que en realidad no desea realizar un buen trabajo, sino que sólo desea hacer un trabajo que sea considerado bueno por todos aquellos a quienes conoce: los críticos, los patrocinadores, el público, incluso la maestra de sus hijos. 
Una novela que me ha llevado a donde ha querido y por donde ha querido. Su fuerza y su decisión y su manera temeraria. Si yo escribiera, si una vez me preguntaran cómo titularía yo mi libro, no importa qué contenga dentro, lo titularía La dama gorda de Seymour.
No me importa dónde actúe un actor. Puede ser en un repertorio de verano, puede ser en la radio, puede ser en la televisión, puede ser en un maldito teatro de Broadway, lleno de la gente más elegante, mejor alimentada y más tostada por el sol que te puedas imaginar. Pero te diré un terrible secreto... ¿Me escuchas? No hay nadie allí que no sea la Dama Gorda de Seymour. Eso incluye a tu profesor Tupper, hermana. Y a todas las docenas de sus malditos primos. No hay nadie en ninguna parte que no sea la Dama Gorda de Seymour.  
A la hora de comer en la que como casi todos los domingos no he comido, el libro de las Nine Stories de Salinger y en internet algunos cuentos sueltos de cuya existencia he leído y que creo que no encontraré tan fácilmente, aunque las librerías o la biblioteca me abrieran la puerta por el sistema de urgencia.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Fernando Marías: Todo el amor y casi toda la muerte (2010)

Una historia desarrollada con varias tramas, un esqueleto bien montado y, de alguna forma, como decirlo, muy visual. Visual a la manera del que lee Los santos inocentes que leí hace tantos años, seguro que obligado por el colegio y seguro ya influido por la película.
Así he visto esta novela mientras leía. En esos paralelos que hace el cerebro con su autonomía, mi película se ha formado entre la película de Mario Camus , de 1984, y la de una película actual como fue El secreto de sus ojos (2009). A su lado hay tramos y maneras de decir que no pasarán al cine, fórmulas kunderianas que meditan sobre el ser, y sorpresas que a veces a unos le gustaría subrayas si yo fuera de esos, como cuando uno de los personajes piensa:
En un libro extenso los sentimientos pueden camuflarse, extraviados en el bosque de papel. Sin embargo, un librito como éste sólo contiene lo esencial, la vida y la muerte sin hueco para adjetivos, anécdotas o elucubraciones. Un libro corto, una de dos: o contiene la verdad o no contiene nada. 
Las tramas, que no he contado porque no apunto mientras leo, pero que son cuatro, creo yo, se forman una alrededor de las otras, o en paralelo, o dentro como la novela Todo el amor y casi toda la muerte, que ha escrito uno de los personajes.

Y de pronto, cuando va a terminar la novela porque ya no quedan casi páginas que sujetar en la mano, una coda, una final que acelera como debe acelerar todo en los finales, como sabe Beethoven. Mañana veré al autor, que presenta una nueva novela. No vale preguntarle si el que escribe sabe la solución o el final en una novela abierta, porque sabe los dos finales y, si prefiere uno, ya da igual. 

martes, 8 de marzo de 2011

Miguel Delibes: El hereje (1999)

Definitivamente sí, admiro la capacidad y la paciencia, el control de las palabras, el conocimiento. Delibes me sorprende con una novela de la que ya me habían hablado antes, no sé quién, o tal vez sí se. Me sorprende porque el Delibes que he conocido es un autor realista que habla del hoy, de la gente de su época, y este salto a la Valladolid de siglo XVI me ha descolocado, no sabía que esperar: maldita tendencia al estereotipo que nos encasilla ante los demás, esta necesidad de comprendernos por grupos, no como personas y momentos únicos.
Vuelvo al tema: me gustan los autores que juegan conmigo, y él lo hace desde la primera página: la cita, fuerte e inesperada, nos muestra un rumbo, otro tono, luego vemos el nombre, su autor. el resto de la página en blanco. Hay que seguir para saber qué nos quieren contar, que intención tiene Delibes. Ha roto, antes de empezar a hablar, con nuestra idea preconcebida de lo que anunciaba el título: una novela, de Delibes, un tema extraño o antiguo, la herejía.
Él sabía que ésta sería su última obra, la que cerraba su carrera, y eso, pensar en el ser ante su vida vista en ambas direcciones, ponderando con quietud su pasado, lo hecho, y su futuro, me emociona. Me maravilla, en esta nueva etapa —que no lo es porque sería entonces también un cliché, un muro que me cierra—, en este tiempo en el que sólo busco una cosa, me maravilla la aventura de los escritores que se lanzan a la nada en esa apuesta increíble y sin sentido, porque nada lo tiene y menos cerrarse en un cuarto o subir a una montaña para llenar cien páginas de ideas que pasan por el mismo sitio en el que él se para y recoge.
Así veo este libro, una gesta y una contención al mismo tiempo. El escritor, con su todo lento, iluminado por el mismo candil que ilumina a los personajes, describe con la pasión que el tiempo narrado permite y crece entre la técnica de su lengua y su expresión contenida: la sensación de que, más allá de cualquier cosa que puedas decir, tienes en tus manos un gran libro. Un libro que sabe donde está, en la realidad sin sentido del hombre, en mitad de la Historia que no va a ningún sitio. Ni en un solo momento utiliza la palabra sueño, soñar, ninguna de sus variantes.  
Que abismo y qué de puentes se me ocurrían entre una novela como ésta y Los pilares de la Tierra, tan lejos y tan cerca. Su tiempo igual y sus dos maneras de contar, como estructura la acción Delibes y cómo Follett. Creo que fue en Un idioma sin fronteras, programa de radio de libros, para el que no lo conozca,  donde dijeron que Follett hacía honor a su apellido con su nueva novela, y es cierto porque, dicho sin maldad, Follett es folletinesco: pero es fiel a sí mismo, su manera es la repetición de la estructura acción, guerra, amor una y otra vez. Delibes no, él espera, él deja que las cosas sucedan desordenadas y sin sentido del tiempo o del ritmo, es natural y es cercano juega con nosotros y con nuestra capacidad de sorpresa como el castellano que es. Lo dice desde dentro del tiempo, hablando de la vida en el siglo XVI como si no le costara trabajo.
Delibes es, no imposta, no pretende ser otra cosa, salta cuatro siglos atrás para hacernos ver que la vida desde dentro es lenta, no tiene velocidad. La velocidad está en el tiempo y la distancia, eso nos dice. Nos dice que el hombre es un punto en la nada, que todas nuestras historias son épicas y ridículas, que venimos de la nada, del sin querer, de una unión de errores, y que volvemos a ese mismo espacio ridículo. Que nos apostamos la vida sin pensar que siempre lo perdemos todo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Andrés Neuman: Bariloche (1999)

Breve, tal vez una historia humilde y claro, no hablo de los personajes, hablo de la dificultad de crecer dentro de la novela. Observo ese intento inicial como el Vila-Matas y La asesina ilustrada, ese trabajo de crecer dentro de la historia, de obligar al detalle que no aburre, que amplía, al comentario que perfila y no sobra. Eso último lo pensé creo por primera vez con Bolaño y algunas de sus novelas más cortas: creo que estoy pensando en Estrella distante, cuando contaba cosas muy buenas y otras fuera de lugar en un intento de equilibrista por alargar en otra novela un capítulo de La literatura nazi en América.
Aquí no, la historia es breve pero no pretende ser otra cosa. Sobre una trama muy conocida el color local de Buenos Aires, de sus trabajadores llegados de provincias remotas para malvivir. Trabajos sin destino ni pasión recuerdo de los trabajos fantasma de aquellos hermanos lejanos de El astillero.
Demetrio y la mujer, ese Junta más heroico con una mujer más lenta y más silenciosa. esa escena que se repite porque no existe y es la única que nos importa, que es el éxito del perdedor en las novelas de perdedores, y el perdedor  que es cualquier personaje con su soledad y otro cuerpo a su lado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Bill Bryson: Una breve historia de casi todo (2003)

Esa confianza que te transmiten ciertos autores. Que no te defraudarán en su próximo libro. Tal vez eso tiene que ver más con el hecho de que te ha interesado o has intuido una forma de acercarse al mundo, de conocer, con la que simpatizas. Eso pensé cuando encontré este voluminoso libro de Bill Bryson: 640 páginas. 
Y he aprendido tantas cosas con él que verdaderamente tendría que volver a leerlo para aprender. Por que es un compendio de lo que los hombres, con nuestro pobre conocimiento hemos llegado a saber de nosotros mismos y de el mundo que nos rodea. Un libro que ni pienso en resumir, porque lo importante es todo y detrás de todo está este impulso de saber e indagar en el sentido de lo que somos sobre la Tierra y en mitad del Universo.
Bill Bryson nos habla de lo medido para aprender a conocer nuestra medida: una especie que aniquila a cualquier otra especie por placer, por hambre o por ignorancia. Un ser en mitad de un sistema y un planeta que por azar han reunido las condiciones para la existencia de vida y que devuelve al mundo ese don, como hizo Thomas Midgley, enriqueciendo la gasolina con plomo, creando el CFC y los clorofluorocarbonos y, finalmente y para gloria de los premios Darwin, una máquina de poléa que le ayudarían a levantarse y moverse en la cama en la que se vio postrado, un error más que se enredó y estranguló a su autor en 1944.
Tal vez me ha incomodado algo en el libro: la estupidez humana. Pero cómo evitarla en una historia general de lo que somos, un paseo que empieza con los átomos, que pasa por el Big Bang, que llega al acelerador de hadrones a su debido tiempo, que habla de nuestros antepasados y me deja un sabor amargo cuando pienso en mi breve existencia y mi egoísmo, ese que piensa solo en mí y en no morir nunca a ser posible, ese que piensa en todos estos libros mientras te busca y sabe que no hay tiempo ni hay posteridad o recompensa, este egoísta que quiere salvar de la inexistencia estos minutos en que te recuerdo, que quiere traer, como Izamid en su relato, una prueba del sueño, un tique de la compra en sus sueños llenos de supermercados con el que poder demostrar que ha estado allí, del otro lado, en otro nivel de las cosas o en una existencia que nos de sentido e inmortalidad, saber que podemos guardar nuestros objetos en un sitio el día que muramos.
En eso me incomoda Bill Bryson, y me hace encontrar cierta hermosura en esta fugacidad: 650.000 horas, 800.000 horas con mucha suerte. 34.000 días, o la mitad.
Tal vez quiere decir que debo salir de aquí, que si quiero hacer algo no puedo esperar mucho. O hay que buscar un subterfugio. El libro da una pista para poder escapar, para pasar al otro lado de las cosas:
Cuando dos objetos se tocan en el mundo real (las bolas de billar son el ejemplo que se utiliza con más frecuencia) no chocan entre sí en realidad. «Lo que sucede más bien es que los campos de las dos bolas que están cargados negativamente se repelen entre sí... Si no fuese por sus cargas eléctricas, podrían, como las galaxias, pasar una a través de la otra sin ningún daño.» Cuando te sientas en una silla, no estás en realidad sentado allí, sino levitando por encima de ella a una altura de un angstrom (una cienmillonésima de centímetro), con tus electrones y sus electrones oponiéndose implacablemente a una mayor intimidad.
He aprendido geología, física, botánica, química, antropología, humildad. Sigo sin saber cual es la forma correcta de utilizar estas horas leves.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Miguel Delibes: La partida (1954)

Un librito de relatos, de esos que viste en la casa de los padres y que nunca te interesó, una edición cochambrosos de Alianza editorial con una baraja en la portada, dentro de la baraja el mar.
Delibes dibuja aquí una serie de personajes, clásicos de la época y de un tiempo, o unos tiempos: desde el exiliado en la mar, o el niño que se esconde de los bombardeos, hasta el que recibe una fiesta en homenaje por su traslado en la empresa a Cantabria, creo.
Ayer pensaba en los arquetipos, en ese intento de todo autor por crear o dar forma a un arquetipo, como los homéricos. Nabókov lo hizo con Lolita, lo consigue Kundera con Tomás en La insoportable levedad del ser, Cervantes, Flaubert con Madame Bovary... Pensaba en que los arquetipos no se buscar, se consiguen. En que uno nunca sabe dónde está el hallazgo.
Aquí, en esta colección de 10 relatos pasean los insulsos personajes de la posguerra: El manguero, el hombre que busca alguien que le preste una peseta para tomar el tranvía y llegar a ver a su novia, los personajes de los bares y sus desgracias, el marinero Valladolid...
Un pequeño libro sorprendente, formal, rebelde, local y con ello universal.
Miguel Delibes, una la lengua con dominio, con control de sus pequeños giros, una localismos y errores gramaticales en plena consciencia. Caen, leves y sonoros, por entre los textos que forman este retrato de una época, leísmos, laísmos y loísmos.

sábado, 12 de febrero de 2011

Sandor Marai: El último encuentro (1940)

Rápida, directa, un soplo de aire. Marai es otra manera de contar, más ortodoxa pero eficaz. Amo, de Sandor Marai, su pasión y su incansable impulso creador. Imagino para él la literatura como una evasión del ordinario mundo que le tocó vivir: estaba, alrededor de él, todo ese mundo de sombras de castillos, de personajes en salones recargados, con luces de velas y pocos sueños o anhelos.
Más acá del personaje mitificado, de todos esos escritores perdidos por el mundo viviendo la increíble aventura de crear un mundo bajo luces de flexo que iluminan mal, está lo escrito. lo escrito que es capaz de secuestrarme una mañana de sábado completa en la que abro por la primera página el libro mientras la cafetera espera espera el café sobre la vitro y el sol espera para salir de las nubes y empecemos a percibir la sensación de que está amaneciendo, más tarde y con más dudas, eso sí. Del otro lado de la aventura está la aventura de encerrarte en la habitación en la que el personaje principal recibe una carta y sin entenderlo muy bien, pasar la mañana en la cocina llena de noche y de sillones tapizados, y viajes desolados por la niebla de Europa, tomando el café que casi siempre se me queda frío, ese regusto amargo y agrio del café olvidado, y una estructura que, capa a capa te va desvelando qué sucede, que va a suceder, qué ha sucedido mientras el día avanza, tomas algo de la nevera, sigues leyendo, pasa la hora de comer y no hay música y no suena el teléfono, y sales de la historia a las cuatro o las cinco de la tarde.
Dentro de poco se hará de noche otra vez, esa sensación de no saber si has perdido el día o lo has ganado.
Nini, la Academia Militar, la guerra, Krisztina, sobre todo ella. Tal vez, leer, solo sirve para repasar y comprender tu propia vida. Sirve, como los sueños, para prepararte a lo por venir: el dolor, el nervio, la amistad, el comercio. Tal vez leer sirve como los sueños para resguardarse, como yo repito el camino de la infancia, sueño con supermercados y escaleras que termina en un muro derruido. Tal vez los sueños tampoco son importantes.
La semana pasada Vanessa me llevó al concierto de los Astrud. Por qué siempre me llevan a los sitios.. Pienso en una canción, ya en los bises: solo el tipo de la zamfona haciendo loops y Manolo Martínez, hablan del desencanto por nuestra época y de la lucha por cosas inútiles que no van a cambiar nada de forma significativa. Vuelvo a escuchar la canción y pienso que sólo comprendemos la parte de las cosas que ya está en nosotros, que malinterpretamos, completamos los huecos en que las neuronas no conectan. la canción decía:
Pega un "Post it" sobre tu nevera, para no olvidarte más. Que no se te olvide más. (...) Todo da lo mismo, nada depende de ninguna decisión.

martes, 8 de febrero de 2011

Enrique Vila-Matas: La asesina ilustrada (1977)

La lectura de Dublinesca me hizo pensar en la trayectoria del autor, de cualquier autor. Qué mejor manera de de seguir ese ensayo que ir a los extremos, por eso he saltado a la primera novela de Vila-Matas, escrita veinticinco años atrás aunque publicada dos años después.
No sé, La asesina ilustrada queda lejos del autor futuro, pero el autor futuro queda en medio de sí mismo. La novela trabaja con una idea original, pero difícil de llevar a cabo. Gusta el juego de las notas, pero me cuesta sobreponerme a los clichés y a la falta de interés de los estereotipos.
Pesa más la información de la contraportada: idea de Unamuno, casera de aquél tiempo en París Marguerite Duras. Pero en la obra debe estar todo lo necesario, no en la portada, no en los comentarios de la prensa.

domingo, 6 de febrero de 2011

Enrique Vila-Matas: Dublinesca (2010)

Estaba terminando, esta mañana de domingo, de leer el libro cuando me llega un WhatsApp de Cheche, me envía un poema titulado La reina roja. Me gusta esa melancolía dura, eso le contesto, y eso creo que es lo que me guasta en todo buen libro.
Sin embargo no sé que es lo que me gusta en Vila-Matas. Pero leo y luego busco otro libro suyo, como me pasa con Bolaño. Lo hablaba esta semana con Miguel Ruiz y con Sonia. Todos los otros autores frente a Onetti. Vargas Llosa frente a Onetti. Esas lecturas son las que me dan pistas y me dejan más espacio como lector, para dar forma a través de la intuición a la masa informe de la novela. Construir la historia de Gould, su pensamiento.
En Dublinesca Joyce colabora de otra forma, colabora con uno de los hitos de de la trama. Aunque se trata tal vez de una trama demasiado vaga. Vila-Matas no es ni joyceano ni proustiano, por buscar dos fórmulas. No le interesa ordenar los hechos, los hechos son escusas para hablar de lo literario, y creo que por eso me gusta más cuando de historias concretas como en Bartleby y compañía, que con Doctor Pasavento.
Esperaba más, un riesgo, una incursión en la era del libro digital, una opinión formada, una apuesta. Pero ese no hubiera sido su libro sino el de otro, si lo pienso bien pasó eso en los otros libros de Vila-Matas: el personaje de Bartleby no se sabe qué hace, quién es, si es alto o si es rubio, que no creo, o algo real de su trabajo del que nos dice lo justo para no dejar ese vacío. Su historia empieza un día porque ha estado reuniendo nombres, luego termina otro día. Y se suma que a Enrique Vila-matas se la trae al pairo, el habla de sus lecturas, aunque aquí menos que en otros libros.
Eso es lo que me hace buscar en otros libros  suyos, aunque me falte la melancolía dura, los amores imposibles, aunque los personajes tengan el encanto de las marionetas y sean sólo figuras que se mueven torpemente sobre un fondo, y lo que los rellena sea su carácter y sus lecturas. Ese es el encanto frío de sus personajes, eso es su sello, cómo la lejanía de los personajes deja espacio para entrar y compartir sus conocimientos.
Esa sed de conocer. Ahí está el cebo.