jueves, 24 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Tres relatos (1941, 1942 y 1944)

Encuentro estos tres textos publicados en 1987 en revistas por Javier Marías: El corazón de una historia quebrada o The Heart of a Broken Story (1941), La larga puesta de largo de Lois Tagget o The Long Debut of Lois Taggett (1942) y Las dos partes implicadas o Both Parties Concerned (1944).

miércoles, 23 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Nueve cuentos (1953)

Nine Stories, que salinger podría haber titulado Nueve o Caja, como contenedor que es de los relatos que él consideró publicables, los que comprende de 1948 a 1952.
Quedan veintiún relatos más de primera época, de 1940 a 1948, de los que he encontrado tres en interner, traducidos por Javier Marías.
Mientras tanto esta selección, que intuyo ha sido ordenada de forma estrictamente cronológica, se abre con el primer texto de éxito de Salinger, Un día perfecto para el pez plátano (1948), y con Seymour Glass como protagonista. Me pregunto qué lectura tendría en mi este texto si no viniera de leer Hapworth y Franny and Zooey. Tal vez no hubiera recibido esta sensación de flash-back, de ver pasar la vida ante los ojos de Seymour de manera tan nítida como lo vi en su habitación de hotel.


El tío Wiggily en Connecticut (1948)
Justo antes de la guerra con los esquimales (1948)
El hombre que ríe (1949)
En el bote (1949)
Para Esmé, con amor y sordidez (1950)
Linda boquita y verdes mis ojos (1951)
Teddy (1953)
El período azul de Daumier-Smith (1952)


lunes, 21 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Hapworth 16, 1924 (1965)

Hapworth es una narración maravillosa que he leído en la idea de que se trataba de un relato primero del autor, por la simple y tonta razón de que habla de un Seimour de siete años. Un niño que es divertido, voraz, cercano, incomprendido por superdotado, un niño al que lees desde el extraño conocimiento de su muerte. Está el, está su hermano Buddy, toda la familia Grass. Toda la nacida en 1924, claro. El relato es una fiesta, es una historia divertida y cercana que te desconcierta y te hace reír, es el reclamo de las endorfinas que me ha hecho sentir ese placer de la lectura casi físico. Estoy exagerando, es probable, o no sé.  
Para mi sorpresa, cuando busco en la red más sobre el cuándo y cómo de la historia, descubro que Hapworth 16, 1924 es la última narración conocida de Salinger. Ocupó más de setenta páginas del número de The New Yorker que lo publicó en junio del 65. La wikipedia explica más sobre la publicación  (www.wikipedia.org/wiki/Hapworth_16,_1924): 
Después de que la historia apareciera en The New Yorker, Salinger —quién ya se había encerrado en su casa en New Hampshire— dejó de publicar para siempre. Dado que nunca se imprimió el relato "en pasta dura", los lectores tuvieron que buscar con empeño una copia de ese número o acceder a él en microfilm. Pese a todo, desde el lanzamiento en DVD de The Complete New Yorker, en 2005, el relato es de nuevo más que accesible.
Nos cuentan que en 1996 una editorial de Virginia inició el proceso de publicación del relato en forma de libro. Tras la muerte de Salinger este pasado 2010, el Washington Post publicó de los esfuerzos del editor, Roger Lathbury. Salinger, según el periódico, había contestado con cierta rapidez a la propuesta del editor y con una breve frase: "I'll think about it." Luego un 26 de julio, extraña fecha, Lathbury contestó al teléfono, la voz sonó como las gravaciones de voz que se conservan de Walt Whitman, se identificó y dijo:  "Well, um ... I am delighted that you called."
Luego se reunieron en la cafetería de la National Gallery of Art Salinger. La wikipedia dice que Salinger: "se sentía verdaderamente preocupado por la publicación del libro, hasta el punto de viajar a Washington para supervisar la tela de la cubierta". El periódico habla solamente de un encuentro en el que Lathbury llevaba un catálogo de telas y el manuscrito de 24.000 palabras que había mecanografiado a partir del original de la revista.
Qué manía los anglosajones con lo de medir en palabras los texto, y lo complejo es que la costumbre viene desde antes de los ordenadores. Qué media matemática, qué trabajador angustiado contaba hoja tran hoja las manchas de tinta.
Hablaron de libros,  de Mary Baker Eddy de la que J.D. Salinger era fan. Luego entraron en materia, no quería una edición en rústica con camisa, quería pasta dura y una tela con durabilidad: Buckram, un tejido que, claro, también he tenido que buscar en internet. Hablaron del cuerpo de la letra, de las fuentes, del interlineado, de la tirada. No hablaron de dinero o adelantos.
Pero la ilusión de Salinger duró poco. Un comentario a un periódico local, del que se hizo eco este mismo Washington Post, que habla en su páginas de sí mismo como de un extraño, pusieron la atención sobre Salinger que volvió a su encierro y nunca más contestó el teléfono a su editor. Medio año después de las primeras llamadas se canceló el proyecto. Pulled the plug on the proyect, esta dice estaa versión on-line del periódico, lo que sugiere cierta brusquedad y pocas explicaciones cuando las razones están a la vista: J.D no quería medios, quería algunos lectores, volver al placer de una pequeña edición, a su cuidado. Aunque esa es mi idea, claro.
El relato es divertidísimo. Más allá de Seymour y Buddy está la imagen de los padres anonadados del otro lado de la carta de un niño de siete años. Pide una segunda lectura tal vez al final, cuando lea el resto de esta pila de libros que son toda la obra de Salinger.

domingo, 20 de marzo de 2011

J.D. Salinger: Franny y Zooey (1955 y 1957)

Ahí, en una mesa, en una habitación con llena de libros apilados y en cajas, sobre esa mesa entre otros libros, están apilados los cuatro que me prestó Luis Somoza: Nueve cuentos, Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado, y El guardián entre el centeno.
Y así, he empezado por Franny y Zooey: cómo imaginar que esta novela sin apariencia de serlo, "descuidada", como dice el autor en su dedicatoria, me iba abrir las puertas a un autor que me había llenado de pereza. Pereza por la desconfiada fama hacia su novela El guardián entre el centeno, que vi pasar entre mis amigos a una edad en que no me interesaba casi nada y que luego cuando tú me hiciste buscar, o distraerme de mi miedo a buscar, ya me pareció como leer El hobbit en edades que sobresalgan de los márgenes de seguridad que conforman los catorce y los veinte años. Esa era, para mí, la edad para The Catcher in the Rye. Y aunque sigo sin haber leído la novela tal vez cuando la lea aprenda que no hay edad para nada y que no hay edades buenas o malas para leer un libro o subirse a un avión. Tiempo de aprender que hay una sola y breve vida. Mucho me ha hecho pensar Una breve historia de casi todo.
Al principio me confundió cierto caos descriptivo, que fue tal vez un periodo de acomodación al tono de los personajes. Pero luego fui conociendo a Franny, su delicadeza, y que su caos era interior. Una primera parte o una nouvelle que se resume en una espera, la de Lane, el "amigo" de Franny, en una estación de tren, y la escena en un restaurante. Todo está ahí, ese plato que Franny no toca durante todo el almuerzo y poco más, el mundo que los hombres creamos dentro de nuestras cabezas.
Franny nos habla del ser humano y sus imposturas esconde a su autor para decir cosas como:
Esto es en parte lo terrible del caso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. Solo son gente que escribe poemas que se publican e incluyen en antologías por todas partes, pero no son poetas.
Salinger que a lo largo del libro desnuda y critica sus propios pensamientos, critica su actualidad y se pone en duda, dice y descalifica esa seguridad en el decir.

Luego Zooey. La novela, es incorrecto decirlo puesto que ya se ha desnudado antes, con la voz de salinger que nos plantea ciertas dudas y algunas normas de lo que va a narrar a continuación. Se dice familia de los Glass, nos da los personajes al modo del libreto teatral y nos deja con la imagen de una bañera en la que Zooey está fumando y leyendo una carta de su hermano Buddy. Y ya Zooey, la madre que entra en el baño para hacer algo en el espejo y le habla a él al otro lado de la cortinilla, y Franny. Nada más, también está  omnipresente y desaparecido Seymour, el hermano mayor que «se suicidó mientras estaba de vacaciones con su esposa en Florida. De estar vivo, hubiera cumplido treinta y ocho años».
Hay algo que no está y está en todo y que te engancha a la familia Glass en un domingo como este. Las opiniones de una familia que Zooey define:
Somos anormales, eso es todo. [...] Somos la Dama Tatuada, y no vamos a tener un solo minuto de paz en todas nuestras vidas hasta que todos los demás también estén tatuados.
Una familia o un gen erróneo lleno de carácter que pasa a través de todo y ese es, claro, su atractivo:
Hago que todo el mundo sienta que en realidad no desea realizar un buen trabajo, sino que sólo desea hacer un trabajo que sea considerado bueno por todos aquellos a quienes conoce: los críticos, los patrocinadores, el público, incluso la maestra de sus hijos. 
Una novela que me ha llevado a donde ha querido y por donde ha querido. Su fuerza y su decisión y su manera temeraria. Si yo escribiera, si una vez me preguntaran cómo titularía yo mi libro, no importa qué contenga dentro, lo titularía La dama gorda de Seymour.
No me importa dónde actúe un actor. Puede ser en un repertorio de verano, puede ser en la radio, puede ser en la televisión, puede ser en un maldito teatro de Broadway, lleno de la gente más elegante, mejor alimentada y más tostada por el sol que te puedas imaginar. Pero te diré un terrible secreto... ¿Me escuchas? No hay nadie allí que no sea la Dama Gorda de Seymour. Eso incluye a tu profesor Tupper, hermana. Y a todas las docenas de sus malditos primos. No hay nadie en ninguna parte que no sea la Dama Gorda de Seymour.  
A la hora de comer en la que como casi todos los domingos no he comido, el libro de las Nine Stories de Salinger y en internet algunos cuentos sueltos de cuya existencia he leído y que creo que no encontraré tan fácilmente, aunque las librerías o la biblioteca me abrieran la puerta por el sistema de urgencia.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Fernando Marías: Todo el amor y casi toda la muerte (2010)

Una historia desarrollada con varias tramas, un esqueleto bien montado y, de alguna forma, como decirlo, muy visual. Visual a la manera del que lee Los santos inocentes que leí hace tantos años, seguro que obligado por el colegio y seguro ya influido por la película.
Así he visto esta novela mientras leía. En esos paralelos que hace el cerebro con su autonomía, mi película se ha formado entre la película de Mario Camus , de 1984, y la de una película actual como fue El secreto de sus ojos (2009). A su lado hay tramos y maneras de decir que no pasarán al cine, fórmulas kunderianas que meditan sobre el ser, y sorpresas que a veces a unos le gustaría subrayas si yo fuera de esos, como cuando uno de los personajes piensa:
En un libro extenso los sentimientos pueden camuflarse, extraviados en el bosque de papel. Sin embargo, un librito como éste sólo contiene lo esencial, la vida y la muerte sin hueco para adjetivos, anécdotas o elucubraciones. Un libro corto, una de dos: o contiene la verdad o no contiene nada. 
Las tramas, que no he contado porque no apunto mientras leo, pero que son cuatro, creo yo, se forman una alrededor de las otras, o en paralelo, o dentro como la novela Todo el amor y casi toda la muerte, que ha escrito uno de los personajes.

Y de pronto, cuando va a terminar la novela porque ya no quedan casi páginas que sujetar en la mano, una coda, una final que acelera como debe acelerar todo en los finales, como sabe Beethoven. Mañana veré al autor, que presenta una nueva novela. No vale preguntarle si el que escribe sabe la solución o el final en una novela abierta, porque sabe los dos finales y, si prefiere uno, ya da igual. 

martes, 8 de marzo de 2011

Miguel Delibes: El hereje (1999)

Definitivamente sí, admiro la capacidad y la paciencia, el control de las palabras, el conocimiento. Delibes me sorprende con una novela de la que ya me habían hablado antes, no sé quién, o tal vez sí se. Me sorprende porque el Delibes que he conocido es un autor realista que habla del hoy, de la gente de su época, y este salto a la Valladolid de siglo XVI me ha descolocado, no sabía que esperar: maldita tendencia al estereotipo que nos encasilla ante los demás, esta necesidad de comprendernos por grupos, no como personas y momentos únicos.
Vuelvo al tema: me gustan los autores que juegan conmigo, y él lo hace desde la primera página: la cita, fuerte e inesperada, nos muestra un rumbo, otro tono, luego vemos el nombre, su autor. el resto de la página en blanco. Hay que seguir para saber qué nos quieren contar, que intención tiene Delibes. Ha roto, antes de empezar a hablar, con nuestra idea preconcebida de lo que anunciaba el título: una novela, de Delibes, un tema extraño o antiguo, la herejía.
Él sabía que ésta sería su última obra, la que cerraba su carrera, y eso, pensar en el ser ante su vida vista en ambas direcciones, ponderando con quietud su pasado, lo hecho, y su futuro, me emociona. Me maravilla, en esta nueva etapa —que no lo es porque sería entonces también un cliché, un muro que me cierra—, en este tiempo en el que sólo busco una cosa, me maravilla la aventura de los escritores que se lanzan a la nada en esa apuesta increíble y sin sentido, porque nada lo tiene y menos cerrarse en un cuarto o subir a una montaña para llenar cien páginas de ideas que pasan por el mismo sitio en el que él se para y recoge.
Así veo este libro, una gesta y una contención al mismo tiempo. El escritor, con su todo lento, iluminado por el mismo candil que ilumina a los personajes, describe con la pasión que el tiempo narrado permite y crece entre la técnica de su lengua y su expresión contenida: la sensación de que, más allá de cualquier cosa que puedas decir, tienes en tus manos un gran libro. Un libro que sabe donde está, en la realidad sin sentido del hombre, en mitad de la Historia que no va a ningún sitio. Ni en un solo momento utiliza la palabra sueño, soñar, ninguna de sus variantes.  
Que abismo y qué de puentes se me ocurrían entre una novela como ésta y Los pilares de la Tierra, tan lejos y tan cerca. Su tiempo igual y sus dos maneras de contar, como estructura la acción Delibes y cómo Follett. Creo que fue en Un idioma sin fronteras, programa de radio de libros, para el que no lo conozca,  donde dijeron que Follett hacía honor a su apellido con su nueva novela, y es cierto porque, dicho sin maldad, Follett es folletinesco: pero es fiel a sí mismo, su manera es la repetición de la estructura acción, guerra, amor una y otra vez. Delibes no, él espera, él deja que las cosas sucedan desordenadas y sin sentido del tiempo o del ritmo, es natural y es cercano juega con nosotros y con nuestra capacidad de sorpresa como el castellano que es. Lo dice desde dentro del tiempo, hablando de la vida en el siglo XVI como si no le costara trabajo.
Delibes es, no imposta, no pretende ser otra cosa, salta cuatro siglos atrás para hacernos ver que la vida desde dentro es lenta, no tiene velocidad. La velocidad está en el tiempo y la distancia, eso nos dice. Nos dice que el hombre es un punto en la nada, que todas nuestras historias son épicas y ridículas, que venimos de la nada, del sin querer, de una unión de errores, y que volvemos a ese mismo espacio ridículo. Que nos apostamos la vida sin pensar que siempre lo perdemos todo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Andrés Neuman: Bariloche (1999)

Breve, tal vez una historia humilde y claro, no hablo de los personajes, hablo de la dificultad de crecer dentro de la novela. Observo ese intento inicial como el Vila-Matas y La asesina ilustrada, ese trabajo de crecer dentro de la historia, de obligar al detalle que no aburre, que amplía, al comentario que perfila y no sobra. Eso último lo pensé creo por primera vez con Bolaño y algunas de sus novelas más cortas: creo que estoy pensando en Estrella distante, cuando contaba cosas muy buenas y otras fuera de lugar en un intento de equilibrista por alargar en otra novela un capítulo de La literatura nazi en América.
Aquí no, la historia es breve pero no pretende ser otra cosa. Sobre una trama muy conocida el color local de Buenos Aires, de sus trabajadores llegados de provincias remotas para malvivir. Trabajos sin destino ni pasión recuerdo de los trabajos fantasma de aquellos hermanos lejanos de El astillero.
Demetrio y la mujer, ese Junta más heroico con una mujer más lenta y más silenciosa. esa escena que se repite porque no existe y es la única que nos importa, que es el éxito del perdedor en las novelas de perdedores, y el perdedor  que es cualquier personaje con su soledad y otro cuerpo a su lado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Bill Bryson: Una breve historia de casi todo (2003)

Esa confianza que te transmiten ciertos autores. Que no te defraudarán en su próximo libro. Tal vez eso tiene que ver más con el hecho de que te ha interesado o has intuido una forma de acercarse al mundo, de conocer, con la que simpatizas. Eso pensé cuando encontré este voluminoso libro de Bill Bryson: 640 páginas. 
Y he aprendido tantas cosas con él que verdaderamente tendría que volver a leerlo para aprender. Por que es un compendio de lo que los hombres, con nuestro pobre conocimiento hemos llegado a saber de nosotros mismos y de el mundo que nos rodea. Un libro que ni pienso en resumir, porque lo importante es todo y detrás de todo está este impulso de saber e indagar en el sentido de lo que somos sobre la Tierra y en mitad del Universo.
Bill Bryson nos habla de lo medido para aprender a conocer nuestra medida: una especie que aniquila a cualquier otra especie por placer, por hambre o por ignorancia. Un ser en mitad de un sistema y un planeta que por azar han reunido las condiciones para la existencia de vida y que devuelve al mundo ese don, como hizo Thomas Midgley, enriqueciendo la gasolina con plomo, creando el CFC y los clorofluorocarbonos y, finalmente y para gloria de los premios Darwin, una máquina de poléa que le ayudarían a levantarse y moverse en la cama en la que se vio postrado, un error más que se enredó y estranguló a su autor en 1944.
Tal vez me ha incomodado algo en el libro: la estupidez humana. Pero cómo evitarla en una historia general de lo que somos, un paseo que empieza con los átomos, que pasa por el Big Bang, que llega al acelerador de hadrones a su debido tiempo, que habla de nuestros antepasados y me deja un sabor amargo cuando pienso en mi breve existencia y mi egoísmo, ese que piensa solo en mí y en no morir nunca a ser posible, ese que piensa en todos estos libros mientras te busca y sabe que no hay tiempo ni hay posteridad o recompensa, este egoísta que quiere salvar de la inexistencia estos minutos en que te recuerdo, que quiere traer, como Izamid en su relato, una prueba del sueño, un tique de la compra en sus sueños llenos de supermercados con el que poder demostrar que ha estado allí, del otro lado, en otro nivel de las cosas o en una existencia que nos de sentido e inmortalidad, saber que podemos guardar nuestros objetos en un sitio el día que muramos.
En eso me incomoda Bill Bryson, y me hace encontrar cierta hermosura en esta fugacidad: 650.000 horas, 800.000 horas con mucha suerte. 34.000 días, o la mitad.
Tal vez quiere decir que debo salir de aquí, que si quiero hacer algo no puedo esperar mucho. O hay que buscar un subterfugio. El libro da una pista para poder escapar, para pasar al otro lado de las cosas:
Cuando dos objetos se tocan en el mundo real (las bolas de billar son el ejemplo que se utiliza con más frecuencia) no chocan entre sí en realidad. «Lo que sucede más bien es que los campos de las dos bolas que están cargados negativamente se repelen entre sí... Si no fuese por sus cargas eléctricas, podrían, como las galaxias, pasar una a través de la otra sin ningún daño.» Cuando te sientas en una silla, no estás en realidad sentado allí, sino levitando por encima de ella a una altura de un angstrom (una cienmillonésima de centímetro), con tus electrones y sus electrones oponiéndose implacablemente a una mayor intimidad.
He aprendido geología, física, botánica, química, antropología, humildad. Sigo sin saber cual es la forma correcta de utilizar estas horas leves.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Miguel Delibes: La partida (1954)

Un librito de relatos, de esos que viste en la casa de los padres y que nunca te interesó, una edición cochambrosos de Alianza editorial con una baraja en la portada, dentro de la baraja el mar.
Delibes dibuja aquí una serie de personajes, clásicos de la época y de un tiempo, o unos tiempos: desde el exiliado en la mar, o el niño que se esconde de los bombardeos, hasta el que recibe una fiesta en homenaje por su traslado en la empresa a Cantabria, creo.
Ayer pensaba en los arquetipos, en ese intento de todo autor por crear o dar forma a un arquetipo, como los homéricos. Nabókov lo hizo con Lolita, lo consigue Kundera con Tomás en La insoportable levedad del ser, Cervantes, Flaubert con Madame Bovary... Pensaba en que los arquetipos no se buscar, se consiguen. En que uno nunca sabe dónde está el hallazgo.
Aquí, en esta colección de 10 relatos pasean los insulsos personajes de la posguerra: El manguero, el hombre que busca alguien que le preste una peseta para tomar el tranvía y llegar a ver a su novia, los personajes de los bares y sus desgracias, el marinero Valladolid...
Un pequeño libro sorprendente, formal, rebelde, local y con ello universal.
Miguel Delibes, una la lengua con dominio, con control de sus pequeños giros, una localismos y errores gramaticales en plena consciencia. Caen, leves y sonoros, por entre los textos que forman este retrato de una época, leísmos, laísmos y loísmos.

sábado, 12 de febrero de 2011

Sandor Marai: El último encuentro (1940)

Rápida, directa, un soplo de aire. Marai es otra manera de contar, más ortodoxa pero eficaz. Amo, de Sandor Marai, su pasión y su incansable impulso creador. Imagino para él la literatura como una evasión del ordinario mundo que le tocó vivir: estaba, alrededor de él, todo ese mundo de sombras de castillos, de personajes en salones recargados, con luces de velas y pocos sueños o anhelos.
Más acá del personaje mitificado, de todos esos escritores perdidos por el mundo viviendo la increíble aventura de crear un mundo bajo luces de flexo que iluminan mal, está lo escrito. lo escrito que es capaz de secuestrarme una mañana de sábado completa en la que abro por la primera página el libro mientras la cafetera espera espera el café sobre la vitro y el sol espera para salir de las nubes y empecemos a percibir la sensación de que está amaneciendo, más tarde y con más dudas, eso sí. Del otro lado de la aventura está la aventura de encerrarte en la habitación en la que el personaje principal recibe una carta y sin entenderlo muy bien, pasar la mañana en la cocina llena de noche y de sillones tapizados, y viajes desolados por la niebla de Europa, tomando el café que casi siempre se me queda frío, ese regusto amargo y agrio del café olvidado, y una estructura que, capa a capa te va desvelando qué sucede, que va a suceder, qué ha sucedido mientras el día avanza, tomas algo de la nevera, sigues leyendo, pasa la hora de comer y no hay música y no suena el teléfono, y sales de la historia a las cuatro o las cinco de la tarde.
Dentro de poco se hará de noche otra vez, esa sensación de no saber si has perdido el día o lo has ganado.
Nini, la Academia Militar, la guerra, Krisztina, sobre todo ella. Tal vez, leer, solo sirve para repasar y comprender tu propia vida. Sirve, como los sueños, para prepararte a lo por venir: el dolor, el nervio, la amistad, el comercio. Tal vez leer sirve como los sueños para resguardarse, como yo repito el camino de la infancia, sueño con supermercados y escaleras que termina en un muro derruido. Tal vez los sueños tampoco son importantes.
La semana pasada Vanessa me llevó al concierto de los Astrud. Por qué siempre me llevan a los sitios.. Pienso en una canción, ya en los bises: solo el tipo de la zamfona haciendo loops y Manolo Martínez, hablan del desencanto por nuestra época y de la lucha por cosas inútiles que no van a cambiar nada de forma significativa. Vuelvo a escuchar la canción y pienso que sólo comprendemos la parte de las cosas que ya está en nosotros, que malinterpretamos, completamos los huecos en que las neuronas no conectan. la canción decía:
Pega un "Post it" sobre tu nevera, para no olvidarte más. Que no se te olvide más. (...) Todo da lo mismo, nada depende de ninguna decisión.

martes, 8 de febrero de 2011

Enrique Vila-Matas: La asesina ilustrada (1977)

La lectura de Dublinesca me hizo pensar en la trayectoria del autor, de cualquier autor. Qué mejor manera de de seguir ese ensayo que ir a los extremos, por eso he saltado a la primera novela de Vila-Matas, escrita veinticinco años atrás aunque publicada dos años después.
No sé, La asesina ilustrada queda lejos del autor futuro, pero el autor futuro queda en medio de sí mismo. La novela trabaja con una idea original, pero difícil de llevar a cabo. Gusta el juego de las notas, pero me cuesta sobreponerme a los clichés y a la falta de interés de los estereotipos.
Pesa más la información de la contraportada: idea de Unamuno, casera de aquél tiempo en París Marguerite Duras. Pero en la obra debe estar todo lo necesario, no en la portada, no en los comentarios de la prensa.

domingo, 6 de febrero de 2011

Enrique Vila-Matas: Dublinesca (2010)

Estaba terminando, esta mañana de domingo, de leer el libro cuando me llega un WhatsApp de Cheche, me envía un poema titulado La reina roja. Me gusta esa melancolía dura, eso le contesto, y eso creo que es lo que me guasta en todo buen libro.
Sin embargo no sé que es lo que me gusta en Vila-Matas. Pero leo y luego busco otro libro suyo, como me pasa con Bolaño. Lo hablaba esta semana con Miguel Ruiz y con Sonia. Todos los otros autores frente a Onetti. Vargas Llosa frente a Onetti. Esas lecturas son las que me dan pistas y me dejan más espacio como lector, para dar forma a través de la intuición a la masa informe de la novela. Construir la historia de Gould, su pensamiento.
En Dublinesca Joyce colabora de otra forma, colabora con uno de los hitos de de la trama. Aunque se trata tal vez de una trama demasiado vaga. Vila-Matas no es ni joyceano ni proustiano, por buscar dos fórmulas. No le interesa ordenar los hechos, los hechos son escusas para hablar de lo literario, y creo que por eso me gusta más cuando de historias concretas como en Bartleby y compañía, que con Doctor Pasavento.
Esperaba más, un riesgo, una incursión en la era del libro digital, una opinión formada, una apuesta. Pero ese no hubiera sido su libro sino el de otro, si lo pienso bien pasó eso en los otros libros de Vila-Matas: el personaje de Bartleby no se sabe qué hace, quién es, si es alto o si es rubio, que no creo, o algo real de su trabajo del que nos dice lo justo para no dejar ese vacío. Su historia empieza un día porque ha estado reuniendo nombres, luego termina otro día. Y se suma que a Enrique Vila-matas se la trae al pairo, el habla de sus lecturas, aunque aquí menos que en otros libros.
Eso es lo que me hace buscar en otros libros  suyos, aunque me falte la melancolía dura, los amores imposibles, aunque los personajes tengan el encanto de las marionetas y sean sólo figuras que se mueven torpemente sobre un fondo, y lo que los rellena sea su carácter y sus lecturas. Ese es el encanto frío de sus personajes, eso es su sello, cómo la lejanía de los personajes deja espacio para entrar y compartir sus conocimientos.
Esa sed de conocer. Ahí está el cebo.

viernes, 21 de enero de 2011

Alessandro Baricco: City (1999)

Extraño, hay algo extraño pero real, lleno de fuerza en City. Hay una desconstrucción, un desmembramiento y una reconstrucción.
Está todo lo que uno busca en una novela, en la contemporánea y en la de todos los tiempos: personajes bien construidos sin que construir signifique describir, y una trama ordenada, es decir con cuerpo, una mimbre de historias entrelazadas, y todo eso cubierto por el paraguas de la gran literatura: Ulysses. Conseguir hacerte trabajar sólo un poco para que el personaje se haga tuyo o se haga en ti y no te deje escapar.
City tiene un esquema que me siento tentado de intentar dibujar como Pérez Millán dice que hizo con Último tango en París: entrando una y otra vez en la sala en penumbra y apuntando minutos y orden de la historia. No sé si el Baricco lo hizo en su casa, más bien creo que no lo necesitó, la historia crece como una mancha de tinta que se expandiera hasta los límites de su tela.
La gota cae en la primera imagen: una telefonista trabaja en una encuesta para los lectores de un cómic, la pregunta es “¿Mami Jane debe morir?”. Entonces llega la llamada de Gould, contesta Shatzy Shell y repite la pregunta. El chaval que es está disgustado, no está de acuerdo con la cuesta, entiendo como lector, le parece adbsurdo, mañana va a cumplir trece años. Llama para advertir, imagina que sus amigos, Diesel y Poomerang, van a ir hasta esa sala llena de señoritas y teléfonos para matarlos a todos, para hacerles pagar por la infame pregunta. A ellos les gusta mucho Mami Jane.
La historia crece. En la primera página ya están los personajes principales, luego el padre de Gould, la vida de Gould, El ama de Gould, Shatzy, sus amantes ocasionales, las afición de Gould por el boxeo, la ilusión de la telefonista por escribir un western.
Todo evoluciona, se enreda como se enreda la vida. Hay amor, hay problemas, hay alegría, una caravana amarilla que limpian todas las semanas en espera de encontrar un coche que tire de ella y los lleve a algún sitio, hay elipsis, hay huecos para que como lectores demos nuestras propias claves, ellas nos llevarán al final, a la conclusión.
Una frase que hubiera puesto en Twitter o algo así si no fuera porque era demasiado largo:
Así nunca se llega a ningún sitio.
Sería todo mucho más sencillo si no te hubieran inculcado esa historia de llegar a algún sitio, bastaría con que te hubieran enseñado, sobre todo, a ser feliz permaneciendo inmóvil. Todas esas historias sobre tu camino. Encontrar tu camino. Ir por tu camino. A lo mejor, en cambio, estamos hechos para vivir en una plaza, o en un jardín público, allí quietos, dejando pasar la vida, a lo mejor somos una encrucijada [...]
Un libro sobre la felicidad, no la fácil o la difícil, la única. Una vez Monique me dijo, en la puerta de una de una librería, que todos debemos escribir un libro.
—Deberías escribir un libro, tu propio libro —supongo que quería decir muchas cosas cuando dijo eso.
—¿Qué libro?— dije riéndome.
—Ese, por ejemplo— señaló al escaparate.
En una misma línea había varios libros con portadas parecidas, era seguramente una colección de libros de autoayuda, eso se llevó mucho en los años pegados al cambio de siglo. El que Veronique señalaba se titulaba Le bonheur.   

domingo, 16 de enero de 2011

Luis Antonio de Villena: Retratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma (2005)

Lectura hasta tarde ayer. Lectura de una sola sentada que requiere un libro como este. Llegó a mí a través de casualidades: alguien había visto la película El cónsul de Sodoma, que no quiero ver por ese mismo impulso que me hace no ver películas de libros que me han gustado y para los que no quiero entremezclar mi imaginario personal con el de otro lector que es su director, o su guionista o lo que sea, y ese mismo me preguntó, sabía que la había leído, por la biografía de Dalmau y por este libro. Por cerrar temas El cónsul de Sodoma habla de la vida de Gil de Biedma, y además de no querer imaginar al actor como el poeta no voy a querer entrar en las disquisiciones de Dalmau, en las que sin duda entra el guión por las breves notas de los informativos, disquisiciones sobre la sexualidad. Ya sufrí el final de la lectura con una mezcla de confusión, y desconcierto al ver como entre el argumento el biógrafo apuntaba la homosexualidad como una opción de vida más relativa a la moda, y la heterosexualidad como una esperanza de salvación, una posibilidad que salva del pecado. No sé, había algo detrás de todo eso que yo sentía grosero, infame. Cerrado el tema.

Busqué en internet el libro y lo encontré en la segunda librería en la que probé suerte. No había leído nada de Villena. Una vez estuvo al lado de un amigo que también firmaba en la Feria del Libro y charlamos un rato, pero la persona y lo que ha escrito nada tienen que ver, o así debe de ser.

El librito, un breve repaso por algunos encuentros con el autor está más o menos bien escrito. Digo “más o menos” porque mis expectativas buscaban otra cosa. Las ochenta escasas páginas del libro lleno de interlineado, interletrado y márgenes produce un pequeño placer estético, por ser materialmente bello, pero luego queda el sabor de boca de alguien a quien le han quitado el plato sin aviso a la tercera cucharada.

Mis expectativas estaban justificadas por las páginas previas de presentación de Ana María Moix, que me habla de un Gil de Biedma casi en edición de bolsillo, nos dice que con la lectura de estas páginas se vuelve a recrear. Pero lo que la Moix anuncia no está aquí, probablemente se revele en su memoria al leer estas páginas la persona que ella conoció: echo de menos cosas, ese retrato más vivo que ella promete en el prólogo:
Aquí, en estas páginas, he vuelto a ver, a oír, al hombre inteligente, sarcástico, divertido, irónico y brillante que fue.
Y sigue, pero tal vez sea ella la que no se ha enterado de que va este libro dejándose llevar por sus recuerdos. Alguien debería habérselo advertido.

Me ha gustado el libro, ya digo, pero esperaba tras las palabras iniciales una visión total, una forma de ser casi transmitida de manera milagrosa. El milagro de la literatura. Y es más que un retrato con flash, diría yo, una reproducción de imágenes en fuga. Creo que eso quería hacer Villena.  No buscaba el amarillismo, sólo quería que la literatura me acercase la forma de ser de la que tanto han hablado quienes le conocieron, esperaba el magnetismo, el ser humano suyo.

lunes, 3 de enero de 2011

J. M. Coetzee: Elizabeth Costello (2003)

Bueno, Lorena Escudero me convenció de que le de otra oportunidad a la literatura de Coetzee. Pienso: al fin y al cabo tal vez mi problema con Desgracia fue el exceso de expectativas.
Aquí ya venía sin espera, aunque tal vez la espera ha ido mermando en la lectura, porque mientras em gustaban cosas seguía sin encontrar los grandes hallazgos de los que me hablan los críticos.
Yo veo: mucho bueno de Milan Kundera, y cierto tono de otro relato del que no puedo hablar porque no es tiempo todavía. Pero del otro lado están pasajes tediosos que, no sé —pueden llamarme idiota cuantos así lo consideren— si es una mera forma de llenar páginas. Hablo del curso en el barco: por mucho que introduzca el tema de la literatura negra en áfrica. Hablo de las curiosas y aburridas conferencias de la vida de los animales.
No sé, Supongo que merece esa literatura una lectura de la más nombrada de sus obras, Vida y época de Michael K.
Me quedo pensando que por mucha crítica o palabra que apoye a una obra, lo que no está en la obra no está, no es. La obra está desnuda ante el tiempo. Sigo esperando que las palabras, aquí, salten. 

sábado, 1 de enero de 2011

Don DeLillo: Jugadores (1977)

Pam y Lyle recuerdan en las primeras líneas a la pareja de Perec en Las cosas, tal vez compulsivos en otras cosas, pero pareja de una clase media que tiene, como Jérôme y Sylvie, la necesidad de una vida fuera de la línea recta que ordenan sus necesidades. Habrñá siempre algo, una emoción, que los marque, que imprima una señal en su ser que los diferencie de los otros, peones sobre el tablero.    
DeLillo construye sus personajes con retazos, y luego, casi un susto, nos describe físicamente al personaje principal:
Tenía el cabello pajizo y era alto. Era el socio más joven de la empresa. Aunque nunca había usado gafas, siempre aparecía alguien que se empeñaba en preguntarle qué había sido de sus gafas. Algo había en su serenidad, quizás en su prácticamente innegable amaneramiento, que daba a entender lo apropiado de que llevara gafas. 
Me gustan sus procedimeintos narrativos, como decía Ángel González. Me gusta la descripción del apartamento, el entendimiento intuido, los detalles aleatorios entre los dos: la compra de la fruta, el destello de la televisión en la oscuridad... magistral la forma de transmitir la intimidad erótica. Las escenas de sexo en DeLillo son fabulosas, porque son gráficas sin ser explícitas, son eróticas con los mismos instrumentos con los que otros escriben pornografía. No sé.
Tal vez no he entendido o no he esperado la segunda parte. Es verdad que está apuntada desde el principio, con el asesinato de las primeras páginas,pero puede que me aburran los tramos de intriga casi policíaca, esta horda del género negro que ahora lo convierte todo en trama e investigaciones. Siempre estuvo ahí, y tal vez es ese descontrol de los personajes, ese suelo que desaparece de los pies ante el crimen, lo que gusta al escritor, lo que fuerza la capacidad de estos personajes de Jugadores.
Me ha cansado el final, por la trama, por los personajes que se descabalan, por la pérdida que mucho de lo bello que constrube la primera mitad y que se desdibuja en la segunda.
«El silencio nunca es completo, ¿verdad? La electricidad estática de la habitación. Los matices y murmullos inherentes», qué forma de describir lo de siempre pero sin serlo.
«Esa acumulación de sangre caliente», o «La mujer tenía una de esas sonrisas que deja ver las encías». Ahí está lo literario, lejos de la trama conspiradora que no quiere llegar a ningún sitio, las palabras siguen precisas. Qué último capítulo, pienso en el diez, luego la coda. está la velocidad, está la lentitud, meciéndose en el mundo contemporáneo, si eso significa algo. 

viernes, 31 de diciembre de 2010

Thomas Pynchon: La subasta del lote 49 (1966)

Por esta línea recta en la que ya no sé si te busco a ti o me busco mí. Calles de París llenas de silencio sin misterio. No sé si echo de menos. No sé a quién. Las palabras dirigen a otros sitios y creo que entre ellas debes de estar, o algo que querían decirme o que quieres que yo comprenda.

Las líneas se bifurcan, son puntos de fuga, pero intento seguir cada uno de esos caminos paralelos que son al fin y al cano ñas vidas imposibles que ya hemos seguido con la imaginación.

Bartleby y compañía, especialmente, ha guiado tras su lectura un buen tiempo de esta deriva, ha poblado este mapa del laberinto con el que sigo no sé qué camino, aunque sé que pasa por la lectura de Pynchon.

Un libro que no ofrece concesiones, tal vez sea ese el logro de The Crying of Lot 49, que en excepcionales ocasiones nos muestra que también sabe hacerlo de otra manera, pero no le interesa. Como a Tapies no se le hubiera perdonado que no supiera dibujar y el público en general comprende y por tanto perdona que sus obras son una evolución.
Así, la novela corre vertiginosa y casi sin sentido en busca de cosas que no lo tienen, el sentido o el vértigo, construyendo la paranoia de la manía persecutoria a gran escala, las grandes y secretas conspiraciones que luego se han puesto tan de moda. Tengo que leer El club de la lucha, que me ha traído a la memoria La subasta... me suele dar pereza leer libros de los que ya he visto la película como me da pereza ver películas de las que el libro me ha gustado.Pero a lo que iba, que el autor no hace concesiones, y solo en algún raro momento se deja llevar con la lírica de la imagen, con historias posibles paralelas a la de la novela, en las que demuestra su capacidad para pintar figurativo:
[...] pensó en aquellos otros vagones abandonados, vagones de mercancías en cuyo suelo de tablas se sentaban los niños y se ponían a repetir, más contentos que unas pascuas, las canciones que se oían en el transistor de la madre; en aquellos otros intrusos que extendían una lona a modo de colgadizo en la parte trasera de los grandes y sonrientes anuncios que flanqueaban todas las carreteras, o que dormían en cementerios de coches, en la cáscara vacía de algún Playmouth destrozado, que incluso, con no poca osadía, pasaban la noche en lo alto de algún poste, bajo el toldo de algún celador de línea, semejantes a orugas, columpiándose entre una telaraña de cables telefónicos, viviendo en el mismísimo aparejo cúprico, en el mismísimo milagro secular de la comunicación, indiferentes al mudo voltaje que vibraba a lo largo del tendido, la noche entera, a instancias de millares de mensajes inaudibles. 
Y el caso es que sus breves pinturas figurativas me interesan, no tanto así las de Tapies, tal vez porque como manda una buena historia apuntan a otros caminos que quedan cortados. Libros que retoman otros autores.Como digo, en esta leve línea que une unos libros a los otros libros, llegué a Pynchon a través de Bartleby y compañía, (fragmentos 79 y 84 si he anotado bien) y luego de pasar por 2666 y ese Benno von Archimboldi lleno de rasgos del mitificado autor que, por cierto, tiene novedad editorial con Contraluz.Me ha gustado el inicio, luego la nubosidad de sus historias que corren entre la velocidad y el desdibujo, luego me perdí y tuve que volver hacia atrás, pero creo que eso fue porque la historia no siguió un camino que yo había inventado y porque las grandes conspiraciones me crean ansiedad y me producen cierto tedio. Quería que todo desembocara. Y desembocó. Extraño, no sé si como a otros autores a los que vuelvo, aunque tengo curiosidad por encontrar a Pynchon en otros registros. 

domingo, 26 de diciembre de 2010

Lorena Escudero: Negativos (2010)

Lorena me envió hace unos meses el manuscrito de sus Negativos. Yo estaba aturdido en otras cosas y además atascado en la lectura de Proust.
Hace dos años y medio por fin me hizo caso y dejó de guardar los relatos en cajones: folios y más folios llenos de ideas, para cambiarlos por carpetas, para reunir por series que ella podía definir por estilo, temática o colores... cada uno a su criterio o descriterio, por extravagante que sea.
Y el caso es que esas carpetas se han ido llenando y ahora son un libro. Un muy buen libro. Nada que envidiar a nadie.
Lorena Escudero a construido un libro de textos breves y le repatea como a mí tanta terminología vaga: minificciones, minicuentos, ficciones breves, cuentos hiperbreves. Huye, como debe hacer todo autor que se precie, de las terminologías y de las etiquetas: huyendo de todo lo conocido podrán descubrir terrenos nuevos, sólo de esa manera.
Tal vez no hay saltos cualitativos, sólo huidas hacia el vacío.

martes, 23 de noviembre de 2010

Alessandro Baricco: Homero, Iliada (2004)

En sus primeros escarceos literarios Miguel Izamid cometió varias imprudencias. En ocasiones, en las grandes, el producto de esa imprudencia es el hallazgo. Esa ligereza puede ser el resultado de la juventud o de un exceso de confianza en uno mismo que causa esa primera edad o la edad avanzada y así, Izamid y Baricco, desde los extremos de la juventud acometieron la tarea de escribir sin acierto la obra del ciego.
La manera de Izamid se perdona por su candidez, la otra no. El joven escritor reinventó en verso libre la historia de Homero. Digo reinventó porque no la conocía: sí, la había estudiado en el colegio, títulos y poco más, luego se aficionó en la época adecuada al Heavy Metal y por ese camino no tardó en toparse, recordemos que hablamos del inicio de la década de los noventa, con Achilles, agony and ecstasy in eight parts de Manowar, una composición de casi media hora que hizo suya, no traduciendo sino interpretando. Tenía que trasladar al español la intensidad de la música que era personaje principal de la obra: era un crío. Como el flirteo con las drogas de otros personajes ilustres debemos perdonar y comprender, en Izamid, el flirteo con los clásicos. No sabía dónde se estaba metiendo.
Con todo hubo algunos aciertos que merecen cierta atención, sobre todo, ya lo hemos dicho, en la translación de los fragmentos íntegramente musicales. Pero hablo de lo poco que recuerdo de aquellos folios que me dejó leer hace veinte años, y el tema no era esta versión que inevitablemente he recordado en mi lectura. El tema es Baricco, alguien que sí sabía dónde se metía, y que por mucho éxito que haya alcanzado en sus lecturas públicas esta versión, a mí no me ha interesado, me parece una pérdida de energías literarias. O estaba soltando lastre, quién sabe, como Izamid, con la diferencia de que con este divertimento el autor de Seda, quién hubiera dicho estas dos cosas, ha ganado pasta.
No me ha interesado la versión, sí la introducción y el posfacio, por tratarse de meditaciones a cerca de la obra mayor que no justifican el resto del trabajo. Ese resto no funciona, es aburrido y como le oí decir a un tipo al que entrevistaban en la radio pocos días después de terminar mi lectura, un tipo bastante culto y serio que no recuerdo ahora qué es lo que había escrito y al que a colación de su propio libro le preguntaban por este cambio de óptica de la Iliada, un cambio sin cambios, pues el tipo respondía, llanamente, que se trata de una clase de ejercicios que no le interesaban porque simplifican sin aportar.
Qué aporta, pues. Tal vez la forma en que trasluce la manera de expresarse literariamente Baricco, su estilo sus tics, ciertos silencio. Poco más y eso no justifican una obra: tampoco un final que parece ser la parte nuclear del libro y que hubiera sido un buen artículo de prensa que poder recopilar junto a otros. Podría haber sumado otro en el que proponer un intento de lectura imposible con la que vestir la introducción inicial. En esa lectura nos hubiéramos ido levantando todos de la sala hasta dejar la sala desierta como le pasó a Berthe Trépat o a León Febres-Cordero con su Clitemnestra: todos allí fuera fumando, aliviados, los que ahora empiezan a ser los popes de la literatura y todos los otros, esperando a que termine la interminable telenovela.
Homero, Iliada, es aburrido como leer un libro de sinopsis de películas. Da igual que intente justificarlo con juegos intelectuales: cuando habla de cortar las partes relativas a los dioses no se trata de la simbología de «lo inconmensurable que se asoma a menudo en la vida», ni de la duplicación de las acciones y las ideas de los dioses en los humanos, se trata de que ese espíritu de una época que quiere reflejar en su acomodación de la obra parte de la eliminación de lo central, de esas deidades, tan divertidas, pasa por asumir que todo el cine de acción es la Iliada sin los designios de esas divinidades caprichosas. Y eso, como dijo el hombre que hablaba en la radio, no interesa, por lo menos a mí.
Hay tal vez una novela, o varias, al final de este ejercicio de estilo. Dos me vienen a la mente:
Uno. Wittgenstein va a la guerra con la convicción de que es allí donde el Hombre se encuentra a sí mismo.
Dos. Un camino al futuro que toma otra dirección que la de Huxley. Un mundo real en paz, en silencio, un poco más acá de esos desvaríos o visiones de Orwell.  Un sitio en el que estamos, sencillamente y todos, bien.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Roberto Calasso: K. (2002)

Otra vez la diatriba acerca de la novela. Hace años me llamó la atención el cartel que las librerías exponían sobre este libro: K, la portada de Anagrama, esos trazos, me llenaban de curiosidad.
Leer ha sido interesante, por el interés que despierta la vida de Kafka y su obra. El repaso por sus novelas, sus fechas, las marcas de los sitios en que escribió, sus días mitificados.
Alguien debe advertir de que no se trata de un libro que se deba leer si queda, en la lista, por leer las novelas de Franz Kafka. Como en cualquier estudio que parte de la lectura, pasa por argumentos y por finales, por dudas y por argumentos.
Una lectura extraña en la que he esperado, por error propio, que en algún, momento un personaje se irguiera como el estudioso que da cuerpo a la novela. Y no el estudio termina en el último punto. Luego otro libro.